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El MoMA expone por primera vez las joyas de
su colección latinoamericana
ISABEL PIQUIER
El Museo de Arte Moderno de Nueva York (MoMA) siempre ha
tenido una gran colección de arte latinoamericano, una de las más
completas del mundo. Parte de estos fondos, que raramente se han mostrado
al público por problemas de espacio y ubicación, se pueden
admirar desde hoy en el Museo del Barrio, el centro de arte latino más
importante de Nueva York. La exposición magistral condensa en 150
obras la historia artística del continente sur. Muchas de estas
piezas no se habían visto hasta ahora, al permanecer almacenadas
en unos hangares.
Otras obras, como La jungla, de Wilfredo Lam, que durante años
presidió la entrada del museo, estaban fuera de contexto. La exposición
de El Barrio, que durará hasta mediados de julio, los ha
reunido por primera vez. Hecho insólito, los fondos latinoamericanos
del MoMA están muy ligados a la política exterior de Estados
Unidos.
Durante y después de la Segunda Guerra Mundial, adquirir obras
de los vecinos del Sur se convirtió en un arma diplomática
para ganar aliados.
Lincoln Krinstein, uno de los primeros consultores del museo que recorrió
el continente a mediados de los años cuarenta para comprar obras,
aprovechaba sus giras para mandar informes al Departamento de Estado sobre
la situación política de los países que visitaba
y la sensibilidad de sus líderes hacia los nazis.
Durante mucho tiempo, el MoMA tampoco supo muy bien cómo integrar
a los artistas latinoamericanos en su colección. El hecho de definir
a un conjunto de obras, salvo las muy conocidas en EE UU, por su ubicación
geográfica indicaba, y sigue indicando, una cierta ruptura o falta
de integración con el resto de las corrientes artísticas.
La colección latinoamericana del MoMA puede dividirse en cuatro
grandes etapas.
A sus inicios, en 1929, el museo tenía mucho interés por
los artistas del Sur. En 1935, Abby Aldrich Rockefeller, uno de sus fundadores,
regaló a la institución las obras de los tres grandes muralistas
mexicanos: Diego Rivera, José Clemente Orozco y David Alfaro Siqueiros,
que escenificaban en sus piezas las tradiciones populares y la revolución
mexicana. Al inicio de los cuarenta, el MoMA intensificó la adquisición
de arte latinoamericano, en parte por el deseo de promover las buenas
relaciones entre Estados Unidos y el resto del continente. En 1942, Washington
creó el Fondo Interamericano para adquirir obras de artistas de
la región, gracias en parte a la generosa aportación de
Nelson Rockefeller.
En aquella época y hasta los sesenta, tres lenguajes dominaron
el panorama artístico latinoamericano: una compleja forma de figuración
con artistas como Cándido Portinari y Antonio Berni, la reinvención
del surrealismo por Wilfredo Lam y Roberto Matta; en el caso de Frida
Kahlo, muy marcado por imágenes oníricas, y un complejo
lenguaje constructivista elaborado por Torres-García. Al final
de los años cincuenta, coincidiendo una vez más con el renovado
interés de Washington por Latinoamérica, en un intento por
frenar las simpatías castristas, el MoMA retomó una intensa
campaña de adquisiciones. La Alianza para el Progreso del Gobierno
de Kennedy animaba a reforzar los lazos "económicos, sociales
y culturales" con los vecinos del Sur.
El museo compró obras de Botero y Marisol, maestros del estilo
figurativo y sarcástico como forma de criticar las realidades sociales
y políticas. También se interesó por los trabajos
más geométricos y las creaciones abstractas de Carlos Cruz
Diez, Julio Le Parc y Jesús Rafael Soto.
A partir de los setenta, coincidiendo con la fundación del Museo
del Barrio en 1969, el interés del MoMA empezó a obedecer
a criterios más estéticos. La exposición recoge esta
última etapa en el arte conceptual de Cildo Meireles, Waltercio
Caldas, Ana Mendieta, Rafael Ferrer, Eugenio Dittborn o Claudio Perna,
y más recientemente, de González-Torres, los Carpinteros
y Doris Salcedo.
Tomado de EL PAÍS | Cultura - 05-03-2004
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