![]() |
![]() |
|
||||||||
|
Pedro Meyer |
Hay
mucho que decir de este artista planetario. En 1976 junto con
Manuel Álvarez Bravo y Lázaro Blanco presentaron una muestra
colectiva llamada Fotógrafos
mexicanos en la Galería Diaframma-Cannon en Milán, la que
posteriormente itineró hacia la soleada Salerno. Tres años antes
había realizado su primera exhibición individual en la Galería
Nabor Carrillo del Instituto Mexicano Norteamericano de Relaciones
Culturales que tuvo lugar en agosto de 1973.
[1]
Tres décadas más tarde su trayectoria cubre un centenar
de exhibiciones colectivas y una veintena de exposiciones individuales,
colgadas en sitios tan disímiles como Anghiari, Yuma, París,
Juchitán, Austin, San Francisco, Nueva Delhi, Vigo, Quito, Viena
o Washington. Fragmentos de su obra se conservan en cuarenta
importantes museos.
[2]
Pero, reza el adagio, nadie es profeta en su tierra.
En una entrevista reconoce que su material producido a lo largo
de medio siglo es poco conocido en México.
[3]
En
esa mitad los caminos de las artes se han multiplicado. Ahora
que el artista ha abandonado cualquier compromiso, exiliado
de cualquier estructura grupal, construyendo obras desde todos
los materiales, la salida pública de los actos creativos puede
y debe rebasar el andamiaje que posibilitó al entendimiento
del arte laico que nos heredó el Renacimiento. La apuesta estética
se globaliza. Pero asombrosamente, muchos artistas de la vanguardia
siguen aferrados a la arcaica noción de metrópoli del arte,
un ascendente sistema escalafonario de pertenencias que obliga
a la procesión hacia ciudades como París, Venecia, Los Ángeles,
Berlín o New York. Un saber presentarse frente a la pléyade
de merchants, collectors, curators y dealers. Antiguas formas de la circulación
y la valoración del arte.
[4]
Hoy treinta mil invitaciones para esta muestra fueron
enviadas a través de correos electrónicos. Miles de ellos no
pisarán la sala de exhibiciones y sacarán sus conclusiones después
de mirar una pantalla
de computadora. Este catálogo ofrece un distinto contexto de
operación para la fotografía. Naturalmente se trata de experiencias
visuales distintas. Resoluciones diferenciadas, planos del encuentro
con la imagen. Polémica Es
legendaria la polémica que Meyer reenciende acerca de la manipulación
implícita en la imagen fotográfica. Profeta exaltado, en 1994
pone esquela al fallecimiento del cuarto oscuro y lo ratifica
convencido al cambio de siglo.
[5]
Lo que menos se ha apreciado son los distintos campos
en los que esta polémica se ha desplegado. Esta perspectiva
permitiría aquilatar los sutiles e importantes cambios discursivos
ocurridos a lo largo de dos décadas. La
mutación de las ideas plásticas de este artista con clara vocación
tecnológica daría ocasión para una larga disertación que, para
fortuna del lector, no ensayaré en estas páginas. Me limitaré
a ofrecer dos polos para dejar entrever esa poderosa dinámica
de cambio que existe enraizada en su pensamiento. En ocasión
de la exhibición Los otros y nosotros que presentó en el
Museo de Arte Moderno de la Ciudad de México, escribió el fotógrafo
en el umbral del catálogo: “Muchas veces se olvida que la manipulación
es inherente a la concepción misma de una imagen fotográfica,
ya que está en el fotógrafo decidir —inevitablemente— si capta
o ignora el entorno. Tenemos así que las fotografías cargan,
en forma ambivalente, con la doble responsabilidad de representar
por un lado lo que suponemos realidad (lo fotografiado) y, por
otro, una ficción creativa (lo que se expresa en lo fotografiado)”.
[6]
Esta
postura, que describe la inevitable arbitrariedad de cualquier
fotografía, se desplaza un par de años más tarde al realizar
un enorme proyecto editorial para PEMEX (que procesó 20 mil
negativos y más de mil quinientas copias de trabajo, para finalmente
presentar 169 fotos en la publicación). Meyer agradece la respetuosa
libertad que se le ofreció: “La edición de las imágenes gozó
igualmente de una apertura de criterio como en pocas ocasiones
la tiene un fotógrafo, acostumbrados como estamos —los fotógrafos—
a que nuestras imágenes se vean censuradas, mutiladas o alteradas
para darle cabida a los criterios editoriales del contratante”.
[7]
La ironía es que tan amplia tirada de cinco mil
copias fue secuestrada y nadie tiene noticias de su existencia.
Los ejemplares que sobrevivieron a esta muy preparada devastación
son una rareza. Hablamos
de un autor que es referencia internacional al hacer el recuento
de las novedades del arte contemporáneo. En alguna conversación
advertí que sonreía comentando que su nombre cobija la convivencia
de dos fotógrafos, los que con marcado énfasis distinguía como
su período “a.c.” y otro “d.c.” (antes y después de la computadora).
Entiendo sus razones. Pedro Meyer es presentado en los libros
de historia del arte (donde frecuentemente desaparecen los mexicanos
después del muralismo) como un ejemplo de la capacidad para
desprenderse de la materialidad físico-química que era la fotografía
e internarse en un proceso fotográfico sostenido en algoritmos,
redes, pantallas y scanners, manteniendo el filo de su propuesta
artística. El pasado digital No
hay presente sin pasado y 1986 resultó un año crucial para Pedro
Meyer. En abril ofreció al público un conjunto de fotografías
en las redondas salas del Museo de Arte Moderno. Coincidentemente,
un mes antes había publicado en la colección Río de Luz, espléndidamente
editada por Pablo Ortiz Monasterio, Espejo de espinas, un libro clave para
atisbar la evolución de la reflexión visual meyeriana. Dejaré
a un lado la envejecida estrategia anti-imperialista que llevó
a la fina pluma de Vicente Leñero a interpretar las fotografías
exhibidas por Meyer como “un arma para el arte marcial” y al
fotógrafo como un soldado que dispara un fusil.
[8]
Se trata de un combativo sabor de época. Tiempos
impregnados de militancia y de convicciones que ya no existen.
[9]
Para tal muestra el fotógrafo confiará plenamente
en algunas de sus imágenes documentalmente clásicas: La
niña y las fresas (1980), sólidamente inspirada en la estremecedora
mirada que Xie Kitchin le dirigía a Lewis Carroll. En El
álgebra de la pasión (1982) los bruscos trazos con tiza
sobre un pizarrón nos recuerdan sus breves tiempos como docente,
o Boda en Coyoacán (1983), en la que todavía permanecen juntos una muy
extraña pareja elegantemente ataviada para la ocasión. Una
exhibición fotográfica con alto nivel de compromiso político.
Vaya que las hubo en demasía. No obstante, en ambas portadas
del breve catálogo se desdoblan versiones de la Estatua de la
Libertad en contextos altamente improbables. Una de ellas titulada
Asalto a la Libertad,
la otra La frontera,
ambas construidas en 1985. ¿Qué se veía en ellas?. Casi nada:
que el patinado icono del melting pot había mudado
de domicilio. En este orden de ideas estaba una fotografía poco
entendida por la crítica mexicana como es El asombrado (1985), en la que Meyer nos
ofreció una sombra que camina sobre otra sombra bajo un cielo
también ensombrecido.
[10]
Se trata de una de sus intervenciones tempranas
en la modificación de la imagen, y que nos obsequia una bella
metáfora. El inicio de un camino personal a partir de la digitalización
para la construcción de imágenes. Por eso abre las páginas de
Espejo de espinas.
En esta tríada de fotografías se asoman las conclusiones a las
que estaba arribando. Pronto
lo sabríamos. En 1989
Meyer dicta una conferencia en el Palacio de las Bellas Artes
llamada La imagen electrónica y el futuro que bifurcará
su camino: el abandono del haluro de plata como referente fotográfico
y de lo analógico como su estructura.
[11]
Podríamos entonces fechar el cambio de ánimo de
un fotógrafo que creía en la verdad documental de su trabajo
a otro que se emociona sobre la posibilidad estética derivada
de la manipulación electrónica en el período que va de 1985
a 1989. Esa es la cronología de su revolución interior. El punto
en donde su arte dará un salto cuántico. Nada será igual para
este hombre que en octubre próximo celebrará sus primeros setenta
años. Foto+Grafía Quizá
se ha hecho demasiado énfasis en la noción de manipular
para entender a las imágenes de Pedro Meyer. Supongo que los
principios de explicación aún nos esperan en parajes más interesantes.
Bien entiende Fontcuberta los términos de la ecuación: “Fotografía
manipulada es un término tautológico. Todas las fotografías
son manipuladas. Encuadrar es una manipulación, enfocar es una
manipulación, seleccionar el momento del disparo es una manipulación”.
[12]
Demos un paso más allá de las sencillas verdades.
Meyer manipula sus imágenes. Cierto. Ahora veamos que hay en
ellas. Escribe Fotografía es una serie de retratos de
afamados escritores tomadas al aire de un muy importante festival
internacional de literatura en Tamaulipas. La vista misma de
sus resultados en estas páginas aligera mi carga. Por lo que
sólo quisiera resaltar un punto de reflejo de la tecnologización
en la obra de arte. Todas ellas han sido intervenidas con un
lápiz de luz (stylus)
y otras tools para
modificar su textura y acercarla a los valores de trazo existentes
en la pintura. Partimos entonces de una certeza técnica, pero
la suma de luminosas caligrafías que propone el fotógrafo no
carece de interrogantes. El
retrato fotográfico ha sido desde sus orígenes un ritual con
marcadas connotaciones teatrales. Un diálogo entre ficciones
superpuestas. La del que posa buscando confirmar su auto percepción
y la del fotógrafo que tensa el claroscuro para acentuar y enmarcar
al personaje. Sabemos todos que no existe tal faz y, sin embargo,
no creo sea tierra arrasada. El delicado trabajo que encorvaba
anónimos artesanos retocando negativos. Suprimiendo con lápiz
graso y otros artificios cosméticos las arrugas e imperfecciones
en beneficio de un imaginario ya son cosa del pasado. La disponibilidad
técnica para generar y alterar pixeles se ha vuelto abrumadoramente accesible.
Pero convendría recordar que los medios no son los fines. Esto
puede contribuir a una mayor banalización de la propia imagen
al utilizarse sin un trasfondo conceptual.
[13]
Pero Meyer ahora usa velos de luz y máscaras cromáticas.
Y lo hace no sólo por tratarse de un software técnicamente disponible. Lo usa con plena conciencia de la
contribución que esto tiene en términos de un nuevo tipo de
retrato, de gran intensidad. Su intención es translúcida: “Si
en la definición original fotografía es escribir con luz, siento
que soy ahora mucho más fotográfico”. Pero
todo esto trasciende al correcto uso del instrumental. Los antiguos
retratos realizados por Meyer como El
contador (1978) o el patriótico abuelo de Banderita mexicana (1978) no son rostros congelados, sino detonantes
de historias. El retrato que hace de la guapa fotógrafa Graciela
Iturbide (1981) no enfoca su cara, sino la proyección de su
sombra en la pared. Aquí hay un hilo para recorrer el laberinto
meyeriano: la reiterada presencia de la máscara, la sombra,
el tiempo y el velo en su fotografía. Un tarot personal. Intuyo
que detrás de su calculada aseveración de un período “d.c.”,
queda por explorar si por encima de las herramientas el programa
iconográfico del artista se modificó sustancialmente.
[14]
Monsiváis lo advirtió de lleno: “A Meyer no le interesa
convertir a la pobreza en estética dirigida, ni extrae de su
exploración elementos redentoristas […] no incorpora la exégesis
a sus imágenes” explicaba en el prólogo de Espejo de espinas.
[15]
Probablemente buena parte de su imaginería personal
no se transformó frente al teclado. Finalmente el artista cincela
obras (en este caso modelando bits) a lo largo de la vida, regresando
interminablemente sobre algunas ensoñaciones. Nadie
regatea a Meyer el crédito de haber organizado al Consejo Mexicano
de Fotografía, o el haber visualizado antes que nadie el impacto
que tendría el lenguaje digital para transformar lo fotográfico.
Pionero de la exhibición de fotografías en la red y del uso
del CD-ROM como plataforma. Estas cuatro aventuras ya le hubieran
reservado asiento de primera fila en la historia de la fotografía
mexicana. Su vitalidad le impide dormir sobre laureles. Escribe Fotografía es proyecto audaz de
un fotógrafo en plena madurez creativa buscando nuevos horizontes.
La utilización de ordenadores
para resolver lo reconociblemente fotográfico en el artificio
de un trazo pictórico simulado indudablemente provocará discusiones
en la academia y fuera de ella. Por tarde que parezca, todavía
habrá nostálgicos que se rasguen las vestiduras clamando por
el purismo fotográfico o acusando la mitificación de los megapixeles.
[16]
Es esta polémica la que vivificará al arte fotográfico,
si se atreve a hablar de contenidos y significados. Por lo pronto,
mirémonos en ellas. * Palabras al catálogo de la exposición homónima que se inauguró
el 4 de noviembre de 2004 en el Museo de El Carmen (México)
[1]
Gracias de editor, de libro a libro
se han perdido piezas en esta evolución. Habría dos exhibiciones
anteriores sobre las que apenas tengo noticias. Una de ellas
¿Quién estuvo en Avándaro? (1971) y la
otra Fototestimonio
de Pedro Meyer (abril 1972). Ambas con sede en el Instituto
Cultural Mexicano Israelí. Faltaría reconocer
hemerográficamente sus muestras en el Club Fotográfico
de México (1963), el Centro Asturiano de México (1967) y las
que durante 1965 presentó en el Instituto Anglo Mexicano de
Cultura y la Galería del Club de Periodistas.
[2]
No obstante, su percepción del museo
es que sus antiguas funciones de difusión, público y de coleccionismo
se han modificado perceptiblemente y que deberán cambiar aún
más, tal como expresó en su entrevista con Manuel Santos,
webmaster de la revista electrónica fotocultura,
realizada a fines de 2003.
[3]
Malvido,
Adriana: “El pasaje secreto a la luz” en Cuartoscuro, núm. 55, julio, 2002,
pp. 27.
[4]
Como contraste, Zonezero.com es un
portal creado por Meyer en 1995 en Los Ángeles y traída a
Coyoacán en 1997. Una referencia indudable de la fotografía
mundial, exhibe a más de trescientos fotógrafos y recibe 250
mil usuarios de 130 países, quienes en promedio consultan
imágenes una hora.
[5]
Ruiz, Blanca“El laboratorio terminó.
Entrevista con Pedro Meyer” en Tierra
Adentro, núm. 105, agosto, pp. 69-72.
[6]
Meyer, Pedro“Las fotografías
que aquí se presentan” en Los otros y nosotros (cat),
México, Museo de Arte Moderno, pp. 3.
[7]
Meyer,
Pedro: “Prefacio” en Los
cohetes duraron todo el día, México, Petróleos Mexicanos,
1988, pp. 13.
[8]
Véase tan ideológica presentación
de Leñero en Pedro Meyer: Los
otros y nosotros (cat), México, Museo de Arte Moderno,
1986, pp. 3-5.
[9]
Quizá el texto que mejor recrea el
contexto social prevaleciente en los años ochenta y su vinculación
con la fotografía de Meyer sea el de Alejandro Castellanos:
“Realismo crítico digital” (inédito).
[10]
Una de las pocas impresiones vintage
de El asombrado fue presentada en la muestra México eterno. Arte y permanencia realizada en el Palacio de las Bellas
Artes en 1999, y de la cual tuve la fortuna de curar la sección
fotográfica. La única copia de época que se pudo encontrar
está en los archivos del Consejo Mexicano de Fotografía.
[11]
Comentaría el autor más tarde: “Hace
diez años decía: el futuro es la fotografía digital. Ahora
la novedad no es que la fotografía digital sea el futuro,
es el presente” (cfr. Omar García: “Prevé Meyer fin de métodos
de impresión” en Reforma, 22 agosto 2003, pp. 2C.
[12]
Foncuberta, Joan: “Pedro Meyer: verdades,
ficciones y dudas razonables” en Pedro Meyer, verdades y ficciones. Un viaje
de la fotografía documental a la digital, México,
Aperture/Casa de las Imágenes, pp. 12.
[13]
Pérez, José Raúl: “Las formas de
una imaginación digital” en Reforma, 29 noviembre, pp. 3C.
[14]
Castellanos, Alejandro: “Imagen directa
y creatividad” en Retratos de ayer y hoy, Pedro Meyer,
(cat), México, Galería Epson, pp. 24.
[15]
Monsiváis,
Carlos: “Presentación”
en Pedro
Meyer. Espejo de espinas, México, Fondo de Cultura
Económica, pp. 5-9.
[16]
“Rodrigo Moya cuestiona conceptos
de Pedro Meyer” en La Jornada,
25 agosto, 2003, pp. 2. |
|||||||||
![]() |
![]() |
|||||||||
![]() |
![]() |
|||||||||