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Iconografía y memoria: de la representación del mundo al mundo de la representación |
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Álvaro Hoppe- Chile (fragmento) |
Es indiscutible que hubo avances en los estudios históricos de América Latina.
Sin embargo, todavía queda mucho por hacer con respecto a una cultura
teórica de la fotografia. Ésta espera por mayores desarrollos relativos
a la comprensión del fenómeno fotográfico en sus múltiples conexiones
con la historia y la memoria. Además de este aspecto, las
formulaciones teóricas y conceptuales han llegado tradicionalmente
desde afuera, formulaciones
nacidas en función de contextos socioculturales y
motivaciones diferentes y que buscan sus aplicaciones en
todas las partes. Se trata de los antiguos modelos “pensados” para los grandes centros; modelos clásicos en los cuales América Latina,
Asia y África son vistas como meras curiosidades exóticas. El etnocentrismo
se hace, pues, presente, también en la historiografía, determinando
lo que debe permanecer o simplemente ser omitido de la historia.
Y esto no es todo. Las imágenes, en los modelos dominantes son,
de una forma general, tratadas
como ilustraciones “inocentes”, desvinculadas de los hechos históricos,
vaciadas en sus contenidos, descontextualizadas de la trama sociocultural,
pretendidamente desideologizadas. Es necesario, entonces, que el
fenómeno de la gestación y desarrollo de la fotografía en América
Latina gane nuevos estudios e interpretaciones nacidas en la propia
América Latina. Varias preocupaciones teóricas nos ocupan en los últimos años. Una de las
cuales deparó un promisor campo de investigaciones históricas: una
historia fotográfica de los anónimos, tema que tuve la oportunidad
de presentar recientemente en otro congreso. Pero, por qué una historia
fotográfica de los anónimos, o mejor dicho, de los fotógrafos anónimos
o desconocidos o todavía poco conocidos? Básicamente porque estos representan la masa de los artesanos
de la imagen, jamás mencionados por
cualquier historia. La investigación de esos fotógrafos provoca
avances significativos tanto en el área de la fotografía en su propia
historia como en lo que toca a la memoria histórica y
fotográfica de los diferentes países, proporcionando, en suma, nuevos
datos para el conocimiento del pasado.
Nuestra propuesta es la de rescatar a esos fotógrafos del anonimato. Es la tarea que nos aguarda, ya sea
según el ángulo de la historia
social y cultural de la fotografía, ya sea según la perspectiva
de la memoria histórica. Esta ha sido mi línea conceptual y mi postura ideológica desde el inicio y, creo que la historia
de Hércules Florence (1804-1879), inventor no consagrado de la fotografía,
es bastante simbólica dentro
de esta preocupación de sacar del anonimato a los personajes ausentes
de las historias clásicas locales e internacionales. El rescate de los anónimos en mi obra tuvo su comienzo, pues, con las experiencias
precursoras de Florence en la villa de São Carlos (Campinas), interior
de la provincia de São Paulo, a partir de 1833, que culminan con
un descubrimiento independiente en las Américas, conforme demostramos también en los años 70. Mi propuesta en Image and Memory,
escrita también en 1993, fue la de intentar contribuir para la reflexión
sobre la historia de la fotografía
en América Latina con un renovado abordaje al tema en oposición
a los modelos clásicos, ya sea bajo el aspecto conceptual, profundizando
el cuestionamiento y crítica a las fuentes históricas, ya sea buscando
situar el objeto de investigación
en el interior de la trama histórico-cultural. Era necesario enfatizar el papel que tuvo la
fotografía en tanto testimonio ideológicamente construido con el
objetivo de crear y difundir, a partir del siglo XIX, una imagen/concepto
de América Latina ambigua, que bajo el manto de lo exótico, estaba
plagada de preconceptos. Era necesario exponer las raíces racistas
de los conceptos que se cristalizaron sobre América Latina. Continúan siendo necesarios los análisis desde dentro para fuera, para que
las futuras generaciones reaccionen al espíritu de colonización
cultural siempre presente, y no internalicen las antiguas ideas-cliché
de lo típico, de lo atrasado, de lo subdesarrollado.
La historia de la fotografía de América Latina así como la iconografía
de temas latinoamericanos
no puede ser entendida superficialmente como ejemplificación de
lo exótico, ni mucho menos, desvinculada de nuestras historias culturales.
Los mencionados trabajos fueron realizados con la
absoluta convicción de la necesidad de crear metodologías
de investigación y modelos
de interpretación con una óptica a partir de nuestras realidades. La fotografía, el documento y la representación, sus realidades y sus ficciones,
su pasado y su futuro, son componentes de un todo inextricable, objeto de investigaciones teóricas que tengo
desarrollado en los años 80 y 90, particularmente en dos libros:
Fotografia e história y Realidades e ficções na trama fotográfica.
Algunos pasajes de estas reflexiones que tienen como núcleo las
relaciones entre iconografía y memoria son las siguientes. El documento y la representación Cualquiera que sea el tema representado en una fotografía es el recuerdo que
ella trae de una época desaparecida, el aspecto simbólico siempre recurrente. Es la perpetuación de la memoria
colectiva (local, regional, nacional) y de la memoria individual,
(la apariencia del hombre y del grupo familiar registrada en un
momento dado de su existencia/ocurrencia), el denominador común
de las imágenes fotográficas, el espacio recortado, fragmentado,
el tiempo paralizado, interrumpido: un pedazo de vida
(re)tirado de su constante fluir y cristalizado en forma
de imagen. La imagen fotográfica es antes de todo una representación a partir de lo real
según la mirada y la ideología de su autor. Sin embargo, en función
de la materialidad del registro, en el cual se tiene grabado el
vestigio/apariencia de algo que si pasó en la realidad concreta,
en determinado espacio y tiempo, nosotros la tomamos, también, como
un documento de lo real,
una fuente histórica. El documento fotográfico, mientras tanto, no puede ser comprendido independientemente del proceso de construcción
de la representación en la que se originó. La materialización de
la imagen ocurre en cuanto etapa final y producto de un complejo proceso de creación
técnico, estético, cultural, elaborado por el fotógrafo. Tenemos
en la imagen fotográfica un documento creado, construido, razón
por la que la relación documento/representación
es indisociable. La imagen fotográfica, sea ella
analógica o digital, es siempre un documento/representación. La fotografía por lo tanto retrata lo real en su apariencia y en su ocurrencia. Ella paraliza, en el plano de la
imagen, una realidad seleccionada, un fragmento de lo real: en eso
ella es documento. Se trata de un documento, no obstante, que resulta
de un complejo proceso de creación/construcción elaborado cultural,
técnica y estéticamente, por lo
tanto, ideológicamente, por su autor; una representación,
pues, construida a partir de lo real: una ficción documental. En esta línea se puede percibir en qué medida el registro o el testimonio
fotográfico obtenido está definitivamente amalgamado al proceso
de creación que le dio origen. El llamado testimonio fotográfico,
a pesar de registrar [documentar] en su contenido una determinada
situación de lo real siempre se constituye en una elaboración, en
el resultado final de un proceso creativo, de un modo de ver y comprender
especial, de una visión del mundo particular del fotógrafo; es él
que, en su intermediación, crea/construye la representación. Se trata de la relación registro/creación o testimonio/creación. Un binomio
indivisible. Es ante tal ambigüedad fundamental que nos situamos cuando analizamos las fuentes fotográficas,
tanto las producidas en el pasado como las contemporáneas. La fotografía es siempre ambigua, sea ella analógica o digital, sea ella producto
de la realidad material o virtual. La iconografía es un excelente instrumento para inventariar, mostrar, evidenciar,
denunciar, pero dependiendo de su uso político-ideológico funciona
también como herramienta de propaganda. El documento fotográfico
se presta a la denuncia social como también a la publicidad; fue
usado por la antropología física del siglo XIX (en el contexto de
los preceptos positivistas), para documentar los seres primitivos
de las tierras “exóticas”,
como también en el atelier de los artistas-fotógrafos, para el
registro de esos mismos seres posando en cuanto modelos delante
de escenarios europeos para colecciones iconográficas. Paradoja
epistemológica: la fotografía siempre como evidencia La imagen fotográfica proporciona pruebas,
indicios, funciona siempre como documento iconográfico acerca de
una determinada realidad. En la fotografía tradicional se tiene
el objeto, el hecho, el rostro documentado; la fotografía funciona
como testimonio de algo que si pasó; prevalece en estas imágenes
su vínculo con lo real, con un referente que existió concretamente
en la realidad material, durante su primera realidad. En la fotografía
digital podemos tener el objeto, el hecho, el rostro [imaginario,
inventado] documentado; la imagen funciona como testimonio de algo
que si [no] pasó en el espacio y en el tiempo, sin embargo fue creado/construido
por manipulación digital; prevalece en estas imágenes la simulación
de lo real, no hubo ningún referente concreto, hubo sí un referente
sin vida “generado” a partir de la segunda realidad: la de la representación. En el primer caso podríamos hablar de la imagen en cuanto
representación del mundo, en el segundo, de la imagen en tanto objeto
del mundo de la representación.
De un lado la iconografía “verdad”, del otro, también la iconografía... pero adicionada de componentes
ficcionales, o de otras verdades. Ideología de la creación fotográfica Cuando me preguntan sobre el futuro de la fotografía –que algunos hoy llaman
de posfotografía– pienso
en su pasado: en su futuro la fotografía seguirá siendo aquello
que siempre ha sido a lo largo de su historia: medio de información
y emoción, símbolo de amor y odio, objeto-relicario de recordación,
forma de conocimiento y descubrimiento, registro de fijación de
la memoria, instrumento de deformación, manipulación y
persuasión. La fotografía en cuanto forma de expresión
personal se puede prestar exclusivamente a la creación como un fin
en si mismo, sin un objetivo utilitario específico, apenas una posibilidad
de placer estético individual, intransferible. Al mismo tiempo,
en tanto medio de registro de fragmentos del mundo, ella fue compulsivamente
empleada para retratar, testimoniar, demostrar, promover, documentar,
distorcionar, denunciar fisonomías, hechos, escenarios, personajes
y situaciones en función de un determinado alineamiento económico,
político, social, ideológico. Un medio de registro que captura el dato conforme a la
visión del mundo de su operador. La fotografía es detonadora de un proceso de creación/construcción de realidades
–y por lo tanto de ficciones– un proceso ideológico inherente a
los mecanismos mentales que rigen la producción y recepción de las
imágenes, esto es, de un lado, la producción de la obra fotográfica
por parte del fotógrafo (proceso de construcción de la representación),
del otro, su recepción por parte de los diferentes receptores;
sus diferentes lecturas en precisos momentos de la historia (proceso
de construcción de la interpretación). Este proceso de creación/construcción
de realidades que se estriba en su ambigua y definitiva condición
de documento/representación nos llevó a desenvolver la idea de una
naturaza ficcional que seria intrínseca a la imagen fotográfica,
base de todas las manipulaciones que desde siempre se hicieron de
los hechos, sea en los palcos fotográficos del siglo XIX, sea en
la página impresa de los periódicos a lo largo del siglo XX. Con
relación al futuro podríamos hablar de un contexto imaginario de
informaciones artificiales y memorias sintéticas. Observa Gisèle Freund en relación a los retratos fotográficos del pasado:
“el atelier del fotógrafo se convierte… en un almacén de accesorios
que guarda preparadas para todo el repertorio social las máscaras
de sus personajes”. En el palco de ilusiones que era un estudio
fotográfico en los países latinoamericanos durante el siglo XIX
–vestido según la moda europea, delante de fondos pintados con paisajes
románticos o montañas de los Alpes, en medio el mobiliario clásico
o victoriano que componía el escenario– el cliente era transformado
en personaje de un teatro de los trópicos: podía representar su
propio papel social, aquello que de hecho era, o sino, crear delante
de la cámara, una imagen ilusoria de sí para si mismo y para la
posteridad de aquello que el nunca fue, ficción que la fotografía
siempre permitió. El llamado documento fotográfico no es inocuo. La imagen fotográfica no es
un simple registro físico-químico o electrónico del asunto
fotografiado: cualquiera que sea el objeto de la documentación no
se puede olvidar que la fotografía
es siempre una representación a partir de lo real intermediada por
el fotógrafo que la produce según su forma particular de comprensión
de aquello real, su repertorio, su ideología. La imagen de
cualquier objeto o situación puede ser dramatizada o estetizada
de acuerdo con la intención pretendida por el fotógrafo –y/o sus
contratantes– en función de la finalidad a la que se destina. En
esa línea no es difícil imaginarnos que podemos crear/construir
verdades tan dramatizadas y mentiras tan amenizadas –todo dentro
de los preceptos del mas “puro” realismo
fotográfico– que, de pronto, nos encontremos en otra dimensión:
la del mundo de las representaciones. La iconografía multiplicada por los
medios de comunicación En el caso de las imágenes fotográficas que son vehiculizadas por los medios
de comunicación el proceso de construcción de la representación
no se finaliza con la materialización de la imagen a través de la
creación del fotógrafo. No es ninguna novedad que la producción
de la representación, tal como es emprendida por el fotógrafo, tiene
secuencia a lo largo de la editorialización de la imagen. Es lo
que podríamos llamar de pos-producción, es decir, cuando la imagen
se ve objeto de una serie de “adaptaciones” apuntando su inserción en la página
del diario, de la revista,
del cartel, etc. Se trata de alteraciones físicas en su forma mediante
mutilaciones con el objetivo de que ella simplemente “se encaje”
en determinado espacio de la página, o que muestre apenas parte
del asunto, según algún interés
determinado del editor. En este sentido, son muchas las posibilidades de manipulación elaboradas por
los medios de comunicación impresa y estaría fuera de nuestro propósito
detenernos aquí en un ejercicio de enumerarlas. Desde siempre las
imágenes fueron vulnerables a las alteraciones de sus significados
en función: del título que reciben, de los textos
que “ilustran”, de las leyendas que las acompañan, de la forma como
son ubicadas en las páginas, de
los contrapuntos que establecen cuando son diagramadas con otras
fotos, etc. La seducción de las nuevas tecnologías:
el mundo de la representación Con la digitalización y los softwares “especiales” las operaciones de falsificación
de las imágenes fotográficas se tornan “seductoras”, tales como
retoques, aumento y disminución de contrastes, eliminación o introducción
de elementos en escena, alteración de tonalidades, aplicación de
texturas, en fin una “higienización” de la imagen conforme a los
patrones impuestos por la industria cultural. Hasta las fotos insulsas
reciben “cirugías” especiales localizadas para tornarse más eróticas. Estamos sumergidos en un serio problema de orden ético. Sin embargo la cuestión
no es solamente la de la alteración o manipulación de la representación
a través de las artimañas de la tecnología digital. La cuestión
mayor reside en la construcción de fantasías tornadas realidades
concretas una vez que vehiculizadas por los media y consumidas en
tanto productos. Es lo que ocurre con la noticia, es lo que siempre
ocurre en la publicidad a
través de campañas sofisticadas, cargadas de los más ambiguos y
atrayentes apelativos. Cada vez más se amplían, a través de los laboratorios de pos-producción digital,
sofisticadas posibilidades tecnológicas de montages estéticas e
ideológicas de las imágenes y, por consiguiente, de creaciones de
nuevas realidades: algunas jamás existirán. ¿Cuál es el futuro de
la fotografía? Volveremos a esta cuestión. La trama de las imágenes Es interesante abordar algunos aspectos de la reconstitución e interpretación
históricas a partir de las relaciones entre fotografía y memoria.
Antes, todavía, una breve reflexión es necesaria: ¿Cuáles realidades
se esconden en una imagen? ¿O qué hay por detrás del mirar y de
la pose del personaje de ese retrato? ¿O qué existe en las fachadas
de las casas, en una ventana semicerrada, en un grupo de peatones
reunidos, en el movimiento de la calle de cualquier vista urbana,
en fin, qué escapa a mi comprensión? Sea en cuanto documento para
la investigación histórica, objeto de recordación o elemento de
ficción, la fotografía esconde dentro de sí una trama, un misterio.
La imagen fotográfica tiene múltiples
facetas y realidades. La primera es la más evidente, visible. Es
exactamente lo que está ahí inmóvil en el documento, (o en la imagen
petrificada del espejo), en la apariencia del referente, esto es,
su realidad exterior, el testimonio, o contenido de la imagen fotográfica
(pasible de identificación), la segunda realidad, finalmente. Las demás facetas son aquellas que no podemos ver, permanecen ocultas, invisibles, no se explicitan, pero que podemos
intuir; es el otro lado del espejo y del documento; no solo la apariencia
inmóvil o la existencia constatada, sino también, y principalmente
la vida de las situaciones y de los hombres retratados, desaparecidos,
la historia del tema y de la génesis de la imagen en el espacio
y en el tiempo, la realidad interior de la imagen: la primera realidad. Cuando apreciamos determinadas fotografías nos vemos, casi sin percibir,
sumergidos en su contenido e imaginando la trama de los hechos
y las circunstancias
que envolvieron el asunto o la propia representación en el contexto
en que fue producido: se trata de un ejercicio mental de reconstitución
casi intuitivo. La reconstrucción histórica de un tema dado, así
como, la observación del individuo rememorando, a través de los
álbumes, sus propias historias de vida, se constituye en un fascinante
ejercicio intelectual donde podemos detectar en qué medida la realidad
se aproxima a la ficción. Memoria histórica: recuperación del
acto pasado Las imágenes fotográficas son fuentes que se prestan a la reconstrucción
histórica de los escenarios del pasado; sin embargo, ellas apenas
dan visibilidad a lo que se pretende mostrar. Las imágenes de Guilherme
Gaensly, el más afamado de los fotógrafos de São Paulo producidas
al comienzo del siglo XX, que por haber sido intensamente reproducidas
en las revistas ilustradas, libros y postales, acabaron por construir
la imagen de São Paulo de aquel período. Mientras que esa imagen
excluyó los escenarios
que no interesaban al ideario de la clase dominante: los barrios
obreros que ocupaban las partes bajas de la ciudad junto a las vías
del ferrocarril, las calles anegadas por las crecidas de los ríos
Tietê y Tamanduateí, que inundaban las viviendas insalubres habitadas
por los trabajadores inmigrantes. Tales temas no
constan en la colección de estampas y postales del fotógrafo. La reconstrucción a través de la fotografía, no se agota en un competente
análisis iconográfico. Esta es apenas la tarea primera del historiador
que se provee de las fuentes plásticas. La reconstrucción de un
tema determinado del pasado, a través de la fotografía o de un conjunto
de fotografías, requiere una sucesión de construcciones imaginarias.
El contexto particular que resultó en la materialización de la fotografía,
la historia del momento
de aquellos personajes que vemos representados, el
pensamiento embutido en cada uno de los fragmentos fotográficos,
la vida en fin del modelo referente –su realidad interior es, todavía,
invisible al sistema óptico de la cámara. No deja marcas en la chapa
fotosensible, no puede ser revelada por la química fotográfica,
ni tampoco digitalizada por el scanner. Apenas imaginada. Esta incursión hermenéutica, multidisciplinar, pasa justamente por el "desmontaje"
del proceso de construcción que tuvo el fotógrafo al elaborar una
foto, por el eventual uso o aplicación que esta imagen tiene para
terceros y, finalmente, por las "lecturas" que de ella
hacen los receptores a lo largo del tiempo. En esas diferentes etapas
de la trayectoria de la imagen ella fue objeto
de una sucesión de construcciones mentales interpretativas por parte
de los receptores los cuales le atribuían determinados significados,
conforme a la ideología de cada momento. Será solamente a través de la sensibilidad,
del constante esfuerzo de comprensión de los documentos y del conocimiento
multidisciplinar del momento histórico fragmentariamente retratado
que podremos traspasar el plano iconográfico: el otro lado de la
imagen, más allá del registro fotográfico. Podremos quizá descifrar
miradas y gestos, comprender el entorno, descifrar lo ausente. Nos
situamos, finalmente, además del registro, además de lo documental,
en el nivel iconológico: lo iconográfico cargado de sentido. Es éste el
punto de llegada. La más importante y decisiva contribución reside
justamente en la interpretación, en una exégesis peculiar, en una
iconología compleja que las imágenes requieren. Es este un desafío
intelectual que exige adentrarse en el conocimiento –de la realidad
propia del tema registrado en la imagen, así como en relación a
la realidad que la circunscribió en el tiempo y en el espacio–,
en la tentativa de cuestionarnos las innumerables pérdidas de la
cadena de hechos. Será en lo oculto de la imagen fotográfica, en
los actos y circunstancias desandados, en la propia forma como fue empleada que, tal vez, podremos encontrar la señal para descifrarnos
su significado. Rescatando lo ausente de la imagen comprendemos
el sentido de lo aparente, su fase visible. El hombre es el receptor/intérprete de las imágenes que documentan su propia
historia, ya sea, en el rol de la
fotografía como objeto simbólico de la memoria personal de
los personajes anónimos de la historia. Memoria fotográfica: rememoración a
través de imágenes-relicario El concepto de fotografía y su inmediata asociación a la idea de realidad,
se torna tan fuertemente arraigado que, en el
sentido común, existe un condicionamiento implícito de la fotografía
de ser un substituto imaginario de lo real. Un substituto portátil
que puede ser transportado a través del espacio y del tiempo. Tal
condicionamiento está todavía más reforzado en la medida en que,
nosotros mismos, somos personajes de la
experiencia fotográfica; porque todos nosotros guardamos
fotos de nuestras experiencias de vida: imágenes-relicarios
que preservan cristalizadas nuestras memorias. La fotografía funciona en nuestras mentes como una especie de pasado preservado,
recuerdo inmutable de un cierto momento y situación, de una cierta
luz, de un determinado tema, absolutamente congelado contra la marcha
del tiempo. Ciertas imágenes cargan en sí un fuerte contenido simbólico,
como algunas de nuestras propias fotos personales o familiares.
Cuando nos vemos a través de los viejos retratos en los álbumes, tenemos la
constatación concreta de que el tiempo pasó; la fotografía es ese
espejo diabólico que nos provoca desde el pasado. Los hombres coleccionan esos innumerables pedazos congelados del pasado en
forma de imágenes para que puedan recordar, en cualquier
momento, episodios de sus trayectorias a lo largo de la vida. Apreciando
esas imágenes, “descongelan" momentáneamente sus contenidos
y se cuentan a si mismos y a los más allegados sus historias de
vida. Asegurando, omitiendo o alterando hechos y circunstancias
que advienen de cada foto, el retratado o el retratista tienen siempre,
en la imagen única o en el conjunto de las imágenes coleccionadas,
el start de la remembranza, de la recordación, punto de partida, finalmente,
de la narrativa de los hechos y emociones. Memoria de la fotografía: trayectoria
y muerte del documento Las fotografías, en general, sobreviven
después de la desaparición física del referente que las originó:
son ellas documentos y afectos que perpetúan la memoria. La escena
grabada en la imagen no se repetirá jamás. El momento vívido, congelado
por el registro fotográfico, es irreversible. Los personajes retratados
envejecen y mueren, los escenarios se modifican, se transfiguran
y también desaparecen. Lo mismo ocurre con
los autores-fotógrafos y sus equipamientos. De todo el proceso,
solamente la fotografía sobrevive. Los temas en ella registrados
atravesarán los tiempos y son hoy vistos por ojos extraños en lugares
desconocidos: naturaleza, objetos, sombras, rayos de luz, expresiones
humanas, a veces niños, hoy más que centenarios, que se mantuvieron
infantiles. Desaparecida esta segunda realidad
–sea por el acto voluntario o Involuntario–, aquellos personajes
mueren por segunda vez. Lo visible fotográfico allí registrado se
desmaterializa. El ciclo del recuerdo y de la rememoración es interrumpido.
Se extingue el documento y la memoria. Realidad y ficción en la trama fotográfica De las múltiples fases de la imagen fotográfica apenas una está explícita,
la iconográfica, mimesis de una pretendida realidad, o la realidad
de la imagen en cuanto tal, esto es, su realidad exterior. Entre
el referente y la representación existe un laberinto cuyo mapa se
perdió en el pasado: desapareció con la propia desaparición física
del fotógrafo, el creador de la representación. La fantasía mental disloca lo real
en conformidad con la visión del mundo
del autor de la representación y del observador que la interpreta
según su repertorio cultural particular. Lo que es real para unos
es pura ficción para otros. La ficción puede entonces sustituir
lo real teniendo al documento fotográfico como prueba "convincente",
como constatación definitiva de legitimación de todo un ideario:
el mensaje simbólico, emblemático de lo real a
ser alcanzado, cobijado o destruido. Las imágenes técnicas tornan
las imágenes mentales reales. Las fantasías de la imaginación individual
y del imaginario colectivo adquieren contornos nítidos y formas
concretas a través del llamado testimonio fotográfico. Si por un lado, el signo es producto de una construcción/invención, por otro
lado, la interpretación, sin duda, se desliza entre la realidad
y la ficción. Se trata, como ya vimos, de procesos de construcción
de realidades, procesos éstos que, desde siempre existieron. No
es difícil imaginarnos en qué medida tales procesos se revelarán
en el futuro. La memoria sintética: el futuro de
la fotografía Es justamente en virtud de la credibilidad que se atribuye al documento fotográfico
–en tanto espejo fiel de los hechos de la historia cotidiana– que,
un día, quién sabe, se podría dar margen a la creación de un pasado
que jamás existió. Un pasado sin referentes reales, físicamente
concretos. Un pasado, por lo tanto, sin una primera realidad:
la de la vida; un tiempo
y un espacio concebido a partir de referentes fotográficos imaginarios, bi-dimensionales o electrónicos,
todavía iconográficamente posibles. Por qué no?
Una historia construida a partir del documento fotográfico ficcional,
pero en la escala real; representaciones de representaciones. Es
la venganza de la representación contra el referente que la originó:
es la realidad generada en laboratorios de computación gráfica.
Una realidad sintética, sin substancia, sin embargo tornada
verdadera, puesto que visible fotográficamente. Una realidad
de réplicas de “seres”, habitantes del mundo de las representaciones/documentos,
que reivindican su lugar en el mundo concreto. Es el documento por
fin accedido a la condición de realidad, punto de partida para el
conocimiento de un mundo sin alma, de una realidad que jamás ocurrió.
Ideología o fantasía? Me refiero a la multifragmentación de los documentos fotográficos de los siglos
XIX y XX que podrán originar infinitas posibilidades de montajes
de escenarios, personajes y situaciones ambientadas que jamás existirán,
en función de las ilimitadas condiciones de manipulación de imágenes
ofrecidas por la tecnología digital. Hablamos de un mundo futuro
de clones, réplicas e imágenes digitales. Hablamos de un futuro
sin pasado histórico, o mejor, de un pasado construido con informaciones
artificiales, sintéticas; un vacío propicio para la propagación
de ideas revisionistas, adicionadas por grupos interesados en el
silencio de la historia. Informaciones nuevas en substitución de
las antiguas, verdaderas.
Informaciones almacenadas en discos ópticos, en bancos de
imágenes y datos plenamente accesibles a los investigadores
de aquel momento futuro. Una nueva memoria para un mundo nuevo. Hablamos, finalmente, de un porvenir controlado por el imperio de la información
dirigida y de las emociones contenidas. De realidades virtuales
y memorias implantadas. Mundos de múltiples facetas e infinitas
imágenes; mundos paralelos que se confunden en realidades y ficciones. El futuro de la fotografía comenzó en su pasado. La fotografía o la pos-fotografía seguirá siendo soporte de procesos de creación/construcción
de realidades (y por lo tanto de ficciones), sea en su producción,
sea en su recepción. Tales procesos seguirán existiendo siempre
puesto que funcionan de acuerdo con nuestras mentes, nuestras mentalidades.
En verdad tales procesos nacieron con la propia fotografía, y se
concretizaron a través del
uso que de ella se ha hecho a lo largo de la Historia. Cuál es
la novedad de tal escenario en relación al pasado?
Apenas un dramático perfeccionamiento
tecnológico del proceso de creación/construcción de realidades,
verdadero destino de la fotografía.
* Esta ponencia fue presentada por su autor en el “Coloquio Memoria Iconográfica de un Siglo” como parte de las actividades que tuvieron lugar durante el Premio de Fotografía Casa de las Américas 2001.
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