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Rigoberto Romero-1975 (fragmento) |
Durante los últimos años, el historicismo
es sometido a diferentes actitudes y polémicas que cuestionan
la manera en que el hecho histórico debe ser enfrentado: o bien
con actitud de anticuario que trata de rescatar las particularidades
de un momento de la más fiel manera posible; o con una “pertinencia
modernizadora” que revisa la historia desde el prisma de las
preocupaciones presentes. Es claro que “toda historia es historia
contemporánea” como expresara Croce, pero la primera puede quedar
distraída ante minucias irrelevantes y, la segunda, puede alejarse
demasiado del espíritu de época. La forma en que la década del
setenta esta siendo “reivindicada” hace que todos estos argumentos
vengan a mi mente, pues lo que más dificulta siempre el hecho
de revivir una historia, es lo ajeno que se va tornando el contexto
de la actualidad en comparación con el anterior, quedando muchas
veces inútiles las peripecias del investigador. Dentro de este abarcador
evento que se realizó en la Fundación Ludwig, una exposición
del mismo nombre quedó inaugurada, consistente en un reportaje
que los fotógrafos Leovigildo González y Rigoberto Romero realizaron
en el año 1974 sobre la recogida de caña, actividad económica
fundamental del país que abriera la década con la “Zafra de
los Diez Millones”. Esta frase se convirtió en símbolo máximo
de un espíritu que se venía acrecentando desde el triunfo de
la Revolución y que se caracterizó por una marcada tendencia
hacia las grandes tareas acometidas en masa, con primacía del
colectivismo en detrimento del individualismo. En correspondencia
con esto se vería la formación de una Principia
ethica al desechar la sociedad de consumo, que apelaba a
la razón por encima de lo instintivo (véanse también los profundos
proyectos de planificación más entrada la década), la moral
como guía de conducta para fundar una sociedad justa. El individuo
–buena persona en tanto buen ciudadano– subordinado a los ideales
de la comunidad. Esta corriente con tendencias
antimercantilistas, vivió un período de mayor protagonismo en
la segunda mitad de los sesenta con los valores exaltados por
el Ché Guevara en su énfasis de los estímulos morales que forjarían
al “Nuevo Hombre”. Los millonarios que sudan en las imágenes
de estos fotógrafos aparecieron en los principales periódicos
del país, eran el motivo de amplios reportajes periodísticos
y fotográficos. La recolección de caña se volvió asunto cotidiano
de la vida cubana y esa acumulación de diplomas, distinciones,
competencias por la emulación, eran las posesiones que podían
hacer millonario al Nuevo Hombre. Vemos los atributos del trabajador
o del combatiente que va a luchar a Angola –un ejemplo de esto
lo constituye el ensayo “Corresponsal de guerra” de Ramón Pacheco–,
y todos los debates morales de los personajes en la filmografía
de la época, donde la conducta laboral y personal diaria es
sometida a un continuo examen para alcanzar la perfección necesaria
en la sociedad ideal, por encima aún de la base material. El largometraje De
cierta manera es un ejemplo en el que su directora, Sara
Gómez, atiende a problemas cruciales de esta década que intentaba
una institucionalización y planificación de las tareas, una
construcción que hervía de contradicciones propias del ser humano.
La directora logra ejemplificar la manera en que se contraponen
los paradigmas de una sociedad que condena las desigualdades
de sexo, raza y clase y como se desenvuelve por otra parte la
esfera individual y privada. El modelo ideal frente al hecho
real. Cada una de las esferas de la sociedad tenían un patrón
ideal de comportamiento, las mujeres, los hombres, los artistas
tenían también un modelo ideal de creación; todos entes históricos
que debían combatir las contradicciones de lo real (los vestigios
del pasado). En De cierta manera se expone lo que se opinaba
en los medios, públicamente, sobre la marginalidad y, por otra
parte, como se desenvolvían aquellos que realmente la padecían.
Se podían contraponer las conversaciones en reuniones y consejos
y lo que hablaba la gente íntimamente.
[1]
En el Congreso de la Federación de Mujeres
Cubanas (FMC) de 1974, Fidel expresa sucintamente que “La igualdad
total de la mujer aún no existe”. En el Congreso del Partido
Comunista de Cuba de 1975 se formularía una acción política
afirmativa hacia la mujer comprometida con “eliminar los vestigios
del pasado”. Es el mismo caso de los problemas del negro que
se advierten quizás en los documentales de Nicolás Guillen Ladrián
(Nicolasito) y en los mismos largometrajes de Sara Gómez y otras
obras de la etapa. Se trata de conflictos que nacían en la esfera
doméstica y en las mentes de las personas donde el Estado no
pudo mediar, en los que está latente la ineficacia de políticas
dirigidas o centralizadas hacia estos sectores en la época.
Sin embargo, es imprescindible
puntualizar que aun cuando se produjeran las mencionadas polémicas,
el final siempre estaba encauzado hacia la unión en pos de la
edificación social y no a la militancia de estos sectores en
luchas individuales por la emancipación. En coloquio con José A. Figueroa, Enrique
de la Uz y Héctor Villaverde, fotógrafos y diseñador de la revista
Cuba, salió a relucir
un punto importante: ¿fue posible en tal clima de examen y escrutinio
general la innovación y renovación en lo artístico? Estas innovaciones
parecen moderadas, pero ostensibles en algunos resultados como
la mencionada revista o sucesos plásticos que se produjeron
en la época.
[2]
Y al observar estos fenómenos nos damos cuenta de
que nuestra evaluación actual del fenómeno es anacrónica, pues
la transgresión que se hacía en estos años no podía ser igual
a las posiciones críticas ochentistas, presentadas ante instituciones,
políticas culturales, económicas y otras, en pleno proceso de
rectificación de errores. La protesta de los setenta era hecha
de conjunto contra los gobiernos capitalistas extranjeros y
representaba la lucha por un mundo diferente al que se denunciaba
por sus injusticias, mientras se mostraban nuestros logros.
Se formulaba hacia el exterior y no hacia el interior –salvo
algunas excepciones en atención a problemas morales que sobrevivían
en nuestra sociedad. El crítico de arte Manuel
López Oliva, que ha realizado excelentes acercamientos a la
creación artística en la década, pronunció en una de las conferencias,
que tuvo lugar en las salas de esta Fundación, lo siguiente:
“Regalar era un acto importante”. Los valores colectivos apoyaban
un modelo ideal de creación en el que el artista debía poner
su obra al servicio de la revolución, perdiendo un poco ese
interés por la construcción y atesoramiento de la obra propia
–un momento en el que a casi ningún fotógrafo se le ocurría
guardar sus negativos al margen del periódico o revista para
el que trabajara. En el campo del arte, los límites y legitimidad
de las prácticas artísticas quedaron establecidas en correspondencia
a un canon en el que entraban aspectos correspondientes al desinterés
ético ante la mercantilización de la obra de arte. Y el acto
considerado como mayor expresión de este desinterés era el de
ofrecer la obra en calidad de regalo, impidiéndole la entrada
en canales de distribución mercantil que también se hallaban
bastante alejados de la realidad cubana de los setenta. El papel
de todas las galerías se transforma en eminentemente cultural
–en contraposición a comercial– y la única forma institucional
de “ventas” era el encargo: regalos a diplomáticos y embajadores
que fomentaba un intercambio cultural y fundamento de relaciones
diplomáticas; asimismo, para la decoración de lugares públicos,
obras monumentarias y otros. Con el 1er Congreso de Educación
y Cultura (La Habana, 1971) todo esto se acentuó al esgrimirse
el presupuesto de desmercantilización como uno de los aspectos
principales de la cultura en el socialismo. En el Congreso se
sentenció que “La Revolución libera al arte de los férreos mecanismos
de la oferta y la demanda” (dictamenes;1971;72). Ello conllevó cambios en el campo artístico
que determinaron que la consagración comenzara a ser dictada
por instancias no especializadas (UPEC, UJC, FAR, MININT, COR),
quedando las especializadas (CNC) como meras entidades burocráticas.
[3]
En cuanto a las tareas que se mencionaron en el
Congreso para regir la actividad del Consejo Nacional de Cultura
(CNC) –creado en 1961– primaron aquellas que estimulaban una
orientación hacia la producción artística de los aficionados.
Ocurre así en esta primera mitad de los setenta, un cambio en
las estructuras clásicas del campo artístico al destacarse una
atención priorizada hacia el sector no profesional. El Grupo
de Teatro Escambray es un ejemplo de esto, al comenzar a producir
un teatro educativo para la comunidad que convivía con ella
e incorporaba también los talentos que iban saliendo de estos
lugares, en un ciclo de retroalimentación. La relación con el
público también fue totalmente novedosa, al intentar que este
se identificara con la puesta en escena que respondía a sus
intereses y preocupaciones específicas. En tal ámbito, la noción de artista como talento único que ha regido la historia del arte desde hace años no tenía mucha razón de ser, la construcción de una obra alejada de los intereses del colectivo se veía como un individualismo improductivo, y es bajo estas ideas que se debe realizar cualquier estudio de la época y se deben ver sus méritos, importancia e innovaciones. Coincidimos con Frederic Jameson cuando habla del “misterio del pasado cultural, que, como Tiresias al beber la sangre, vuelve momentáneamente a la vida y recobra calor y puede una vez más a hablar y transmitir su mensaje largamente olvidado en un entorno profundamente ajeno a este”.
[1]
Julia Lesage. De
cierta manera, de Sara Gómez: una película dialéctica, revolucionaria
y feminista, en Discurso femenino actual. Colección
Mujeres de Palabra, Editorial de la Universidad de Puerto
Rico, 1995.
[2]
Véase, Manuel López Oliva (en
el caso de la plástica) con
su artículo Los Setenta sin barnices Revista Lo
que Venga y Cristina Vives en el de la fotografía con
el texto Fotografía cubana: una historia...personal,
2000 Rev. Arte Cubano No. 3/2001
[3]
Véase, Tesis de Alejandro Campos Viaje
a la semilla: Institucionalización del campo de las artes
plásticas en Cuba 1976 – 1986. Curso 1996 – 1997.
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