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Vida Yovanovich, Cárcel de los sueños- 1997 (fragmento) |
Las
tensiones de la Guerra Fría se dejaban sentir en el ambiente,
la contradicción inherente a las derechas y a las izquierdas
se profundizaban; los movimientos democratizadores en el mundo
estaban en su momento más álgido, y con ellos la represión más
inmediata y atroz. Era un México con unos juegos deportivos
en la puerta, cuya manifiesta inconformidad recibió plomo. En
ese momento la fotografía documental se erigió como un medio
ineludible, inmediato e “innegable”, en tanto surgía de la realidad
tangible, como las imágenes estremecedoras de la noche de Tlatelolco
de Héctor García. Crisol de denuncia y de inconformidad fue
la fotografía documental a fines de los sesenta, y bajo su cobijo
crecieron muchos ases de la cámara, que si bien no trabajaban
directamente en medios de difusión, si encontraron las formas
de expresión inmediatas en el formato de 35mm. Así, la cámara
funcionó para denunciar y erigir un grito por Latinoamérica,
la cual vivía feroces dictaduras -claras o encubiertas-, y cruentas
guerras como la de Nicaragua. En los años setenta y ochenta
las marchas por las calles de la gran metrópoli mexicana, se
poblaron de un gran número de fotógrafos –profesionales o aficionados-,
deseosos de capturar las escenas que fueran una denuncia ante
el régimen. Algunos se insertaron en los periódicos y revistas,
con el tiempo surgieron figuras muy destacadas de ese nuevo
fotoperiodismo –género que se distingue del documentalismo por
su uso social, destinado a su reproducción en los medios de
difusión y en la plana impresa, además de ser un ejercicio que
se realiza por encargo para los editores—y entre otros se encuentran:
Guillermo Castrejón, Ulises Castellanos, Marco Antonio Cruz,
Rogelio Cuéllar, Andrés Garay, Frida Hartz, Fabrizio León, Francisco
Mata Rosas, Elsa Medina, Víctor Mendiola, Rubén Pax, Pedro Valtierra
y Martha Zarak. Otros utilizaban sus imágenes como medio de
comunicación y las exponían en lugares públicos como la Alameda,
colgando de lazos y tendederos, organizado por Adolfotógrafo
y Armando Cristeto. También estaban importantes figuras que
provenían de un documentalismo fotográfico más cercano a los
grupos indígenas y con una fuerte visión autoral y de opinión
gráfica como Mariana Yampolsky y Gertrudis Duby, a donde arriban
bien pronto y de manera destacada Graciela Iturbide, Flor Garduño,
Alicia Ahumada, Christa Cowrie, Lourdes Grobet y Adrián Bodek,
quienes han realizado su labor como free lance en el mercado de trabajo. La
formación de jóvenes fotógrafos también se originó al lado de
importantes maestros de la técnica y la teoría fotográfica como
Manuel Alvarez Bravo quien gestó toda una generación de talentosos
discípulos que se insertaron al mercado de trabajo con una gran
fuerza y vigor. A su vez, Lázaro Blanco –quien por años creó
nuevas generaciones en los cursos de la Casa del Lago de la
UNAM-, y Nacho López uno de los pocos teóricos fotógrafos mexicanos
con sus textos publicados desde fines de los setenta, en el
Uno más Uno, forjó
más de una conciencia en 1980 declaró: Cada clase social tiene su propio concepto de nacionalismo (…)Este
concepto en su forma más auténtica queda, al final de cuentas,
en ambos de los revolucionarios que trabajan simultáneamente
en la teoría y la práctica del movimiento de liberación de los
pueblos latinoamericanos…En este sentido los fotógrafos deberían
formarse considerando su función militante.
[1]
Este
era el sentir de los fotógrafos, la cámara como agente de denuncia
de la pobreza, del sometimiento, de la miseria, de la dependencia
y una larga lista de problemas que se dejaban ver en común denominador
con América Latina. Por ello en el Primer Coloquio Latinoamericano
de Fotografía en 1978, Raquel Tibol señaló: “En su camino hacia
una segunda y definitiva independencia; en la lucha contra el
analfabetismo, la agresión, la reacción y la miseria, América
Latina no puede privarse de la fotografía progresista y combativa.
La mejor teoría será la que emerja de las obras de arte fotográfico
realizadas en esa dirección”. Así era el pensar y sentir de
una época de altos contrastes políticos y lumínicos, donde todo
aquello que no entrara en este marco conceptual y gráfico quedaba
fuera, era rechazado o mal comprendido por su “disfuncionalidad”
social. Así el fotodocumentalismo no sólo se alimentó de las
filas de los fotoperiodistas, de los antropólogos visuales,
de los rescatadores gráficos de las etnias, también se alimentó
de jóvenes que vieron una forma de expresión vital, cuya gratificación
era el mero hecho de legar un testimonio de denuncia en su tiempo. Tal fue el auge y la fuerza de fotorreporteros y fotógrafos que
se peleó a brazo partido por la creación de la Bienal de Fotografía,
en un afán de diferenciarla de las otras artes plásticas y gráficas.
Su primera edición realizada en 1980 -créase o no después de
141 años después de su invensión-, y la mayor parte de los participantes
realizaban imágenes comprometidas, documentales, políticas y
sociales. La distancia en el gremio empezó a profundizarse.
El Consejo Mexicano de Fotografía impulsaba más bien el fotodocumentalismo,
aunque ello no impidió que las diferencias se marcaran hasta
la creación de una Asociación de Fotógrafos Independientes,
con otras intenciones y propuestas plásticas. Los fotocreadores
no documentales llegaron a ser altamente repudiados y criticados.
Lázaro Blanco comentó al respecto de la exposición en 1982 de
los miembros del Taller de la Luz, conformado por Gerardo Suter,
Javier Hinojosa y Lourdes Almeida: El fotógrafo no entiende que este perseguir actitudes de
la pintura y la imitación servil de la misma destruye su oficio
y elimina la potencia sobre la que se basa su importancia social…El
fotógrafo debe mostrar que no sólo es impresionante la vida
ordenada de acuerdo con principios estéticos, sino que también
lo es la vida cotidiana como es atravesada en una fotografía
técnicamente perfecta.
[2]
En
cambio la periodista Adriana Malvido en una nota del 3 de octubre
de 1982 reflexionaba: “¿Quién dijo que la fotografía no puede
ser reconstrucción de la realidad subjetiva de su autor o que
ésta podría acercarse a la pintura? ¿Quién prohibió el uso de
la polaroid con fines artísticos?” La reportera percibía como
importantes los procesos que se gestaban en el ambiente, los
cuales tendrían que esperar que los márgenes de la intolerancia
se ampliaran. En reciente entrevista Suter comentó sobre el
documentalismo y la fotoconstrucción: “Son cosas totalmente
distintas, creo que es como ir abriendo el abanico de posibilidades
e ir descubriendo nuevas formas de utilizarlas”.
[3]
Forma y contenido, la lucha de los complementarios
se daba en las placas y las ampliadoras del cuarto oscuro. Los
formalistas luchaban por obtener un lugar en el medio favorecedor
también a sus planteamientos, que en ese momento no se les consideraba
válidos. En los ochenta fotógrafas como Laura González pionera
experimentadora de técnicas alternativas como la cianotipia,
fue condenada y poco comprendida cuando sus planteamientos giraban
en torno a la revisión de una historia personal, una vida interna
expresa en imágenes, demasiado innovador resultó su material
expuesto en 1987, así como los trabajos que realicé yo con la
misma intención de investigación plástica e innovación en los
medios alternativos en ese año y que en su momento salieron
del entorno común del periodismo gráfico, pues el tema versaba
alrededor de los panteones y el eterno regocijo de los muertos.
[4]
Otros
fotógrafos lograron establecer un vínculo menos arduo o enojoso
entre sus intereses formales y los contenidos, participando
de imágenes sociales de gran fuerza y con una gran exquisitez
en la toma e impresión como David Maawad, Agustín Estrada, Pedro
Hiriart y la misma Mariana
Yampolsky, han hecho una búsqueda más simbólica, de gran calidad
formal al lado de un interés social, estableciendo una especie
de puente entre los documental y lo estético, pues de igual
manera retratan los mineros que las máquinas de producción,
los pueblos veracruzanos, erotizadas partes del cuerpo o la
vida de los Chicanos en los Estados Unidos. Los
ochenta abrieron camino y dieron paso a otras generaciones,
menos herederas de los planteamientos emanados de aquel enojo
político social; pues se dio la caída de casi todas las dictaduras
en nuestra América. En 1985 sucumbimos en la ciudad de México
ante un terrible terremoto, y no menos trascendente fue el derrumbe
del Muro de Berlín, hechos que contribuyeron a derruir más de
una férrea estructura limítrofe de las formas de pensar, de
hacer y de sentir. Se permitieron nuevos discursos plásticos
y las formas se modificaron de acuerdo más a las necesidades
expresivas. Los entonces defensores del fotodocumentalismo también
se permitieron indagar y buscar otras formas alternativas, con
un discurso plástico también acorde a su momento, con la intención
de ser toda expresión y vitalidad. Aquí es donde la búsqueda
de la otredad da paso al trabajo de fotógrafos
interesados en “lo otro” con un interés estético más personal,
menos el “deber ser” y más en el ser. Alicia Ahumada -vinculada
a la tierra y a los intereses indígenas- sin abandonar su labor,
empezó en los noventa a buscar desde las profundidades de su
cámara otras vertientes alternativas a su quehacer como mujer
y fotógrafa. Otras mujeres interesadas en fotodocumentar otro
tipo de formas de vida como Vida Yovanovich, quien ha realizado
un trabajo significativo en las instituciones de salud y reclusión
social; Maya Goded, con un espíritu más lúdico al recrear en
sus imágenes aspectos vitales y triviales del ser y Ángeles
Torrejón quien recoge rostros indígenas. La
exposición de Gerardo Suter en 1991 también abrió los límites,
pues con sus Escenarios Rituales creó una especie de
manifiesto a la fotoconstrucción con un pulcro sentido técnico,
conceptual y social. También los alumnos del Taller de los Lunes
de Pedro Meyer empezaron a trabajar con gran afán la fotografía
construida, entre ellos están Oscar Necoechea y Mariana Dellekamp.
El mismo Meyer también se otorgó el beneficio de jugar con las
posibilidades de la fotocibernética en sus imágenes de Verdad o ficción (Casa de las Imágenes,
México, 1995). Al
cabo de los años y con un gran esfuerzo, de luchas internas,
con espacios perdidos y otros ganados en los noventa se logró
realizar un corredor entre la fotoconstrucción y el fotodocumentalismo,
y su aparente distancia se empezó a modificar. Esto es visible en el trabajo de Graciela Iturbide
y Flor Garduño, quienes recrean sus imágenes con gran esteticismo,
además de realizar la tarea fotodocumental. Dirigen estremecedoras
puestas en escena –como lo hizo Nacho López en su momento, y
que lo convirtió en una especie de director de escena, en un
sociólogo de la cámara-, y estas fotógrafas con elementos propios
de lugar dirigen las imágenes y las colectan con vida propia.
Han captado valiosos documentos estéticos revalorizando las
etnias, la vida, las familias y su cotidiano. Baste recordar
la excelente fotoconstrucción de Flor Garduño: Mujer
que sueña, donde la sugerente pose de la mujer y las iguanas
enmarcan el sueño húmedo inalterable. Asimismo, Graciela Iturbide
exhibe su fuerte documentalismo en Imágenes del espíritu de la editorial Casa
de las Imágenes la cual se ha dedicado a la difusión de fotógrafos
vanguardistas a través de libros, agendas y postales.
[5]
La
exposición internacional Between
Worlds. Contemporary Mexican Photography realizada en 1990,
presentó imágenes de ese documentalismo de transición. Fotógrafos
tal vez disímbolos como Alicia ahumada, Yolanda Andrade, Adrián
Bodek, Pablo Cabado, Marco A. Cruz, Víctor Flores Olea, Flor
Garduño, José Hernández Claire, Fabrizio León Diez, Eniac Martínez,
Francisco Mata Rosas, Pedro Meyer, Rubén Ortiz, Pablo Ortiz
Monasterio, Pedro Valtierra y Mariana Yampolsky, compartieron
el espacio itinerante. La curaduría acercó los quehaceres lumínicos
desde la preocupación estética y social presentando un gran
mosaico de situaciones y personajes. Por
otro lado, esta apertura también ha implicado que se presente
una pobreza, un desconocimiento o falta de interés por el manejo
de los recursos técnicos o temáticos. Fue el caso de la VIII
Bienal de Fotografía en 1997, donde el jurado aclaró: “Ha sido
notoria la escasa participación de la fotografía documental
y la abundante participación de técnicas mixtas, instalaciones
y obras tridimensionales”, además la falta de “correspondencia
entre el despliegue formal y la propuesta conceptual” fueron
evidentes. La
producción editorial desde los ochenta ha sido muy rica. Una
aportación importante al fotodocumentalismo la realizó Pablo
Ortiz Monasterio, al impulsar la edición de la colección Río
de Luz con el Fondo de Cultura Económica, con obra de importantes
fotógrafos nacionales y extranjeros, que generó un antecedente
importante en el ámbito historiográfico. También en 1985, Flora
Lara Klahr y Marco A. Hernández publicaron: El
poder de la imagen y la imagen del poder
[6]
que reunía una diversidad de fotorreporteros
y crearon una obra única en su género. Ortiz Monasterio también
ha realizado un fuerte esfuerzo editorial, al lado de Patricia
Mendoza y el Centro de la Imagen han editado Luna Córnea, con contribuciones afortunadas
de destacados investigadores nacionales y extranjeros. Otro
agente del cambio ha sido el Centro de la Imagen, al promover
las Bienales, -ahora y
desde 1994 con una exclusiva sobre periodismo gráfico-, y también
las múltiples y generosas exposiciones de Fotoseptiembre. Se
imparten cursos, conferencias y exhibiciones diversas, sugerentes,
controversiales y distintivas de los más disímbolos géneros
fotográficos. Con todo, en los últimos tiempos la presencia
del fotodocumentalismo ha disminuido en las muestras y en los
materiales editados. Por ese carácter testimonial que tiene
per se se le ha ligado
más al periodismo gráfico, y los espacios que tiene este género, llegan a
ser más escasos o limitados que los de otros. Son
Eniac Martínez y Francisco Mata Rosas quienes en un acto autogestivo
editan libros de destacados reporteros gráficos con la intención
de rebasar el aquí y ahora de la plana periodística, presentando
materiales de Marco A. Cruz, Pía Elizondo, Raúl Ortega, Carlos
Somonte y Pedro Valtierra. A su vez, La Jornada produce el suplemento Foto, Reforma publica el
suyo y trabaja la fotocaricatura en Enfoque,
también revistas independientes como FotoZoom,
Cuartoscuro y Reflex han hecho lo propio. Estos
años dieron el marco de nuevas definiciones, se ampliaron los
géneros fotográficos, los puentes entre la estética, el documentalismo
y las propuestas plásticas individuales y colectivas se profundizan.
Los caminos de los fotógrafos sociales, reporteros y estetas
puros se enlazan; se pierden y diluyen algunas divisiones y
prejuicios, lo cual ha enriquecido la producción documental.
Las fronteras a otros discursos se abrieron y la fotohistoria
de vida personal ahora se inscribe en la colectiva. Los nuevos
documentadores de la lente van más allá del límite autoimpuesto,
por ejemplo, la riqueza de la producción es notable en mujeres
como: Manuela Alvarez, Lizeth Arauz, Patricia Aridjis, Katya
Brailovsky, Laura Cano, Laura Cohen, Verónica Macías, Tatiana
Parcero, Marcela Taboada, Laureana Toledo, Patricia Martín y
Angeles Torrejón.
[7]
El
momento actual rebasa la frontera de sólo ser “esclavo del instante”,
como lo anunció Agustín V. Casasola en 1911. La vida de la imagen
fotodocumental va más allá del momento efímero de su diaria
publicación. Hay que estar muy atentos a las nuevas propuestas,
a los dejà vu y los
viajes al pasado. Se abren las compuertas, las gestas y batallas
que le esperan a la fotografía como una disciplina que combina,
converge y separa lo antiguo con lo nuevo aún están “por verse”;
ello, sin ánimo de idealizar, sucumbir o mitificar la capacidad
testimonial y artística que le falta por indagar y difundir
a la fotografía documental. * Ponencia presentada por la autora en el Coloquio Internacional de
Fotografía “Memoria iconográfica de un siglo”, realizado en
La Habana, Cuba, como parte de las actividades del Premio
de Fotografía Contemporánea Casa de las Américas 2001.
[1]
López, Nacho, Uno más Uno,
14 de agosto de 1980.
[2]
Vid. Catálogo de mano de la exposición, México, 1982.
[3]
Malvido, Adriana, Uno más
Uno, 3 octubre de 1982.
[4]
La Tesis de licenciatura de Laura
González, para obtener el grado como licenciada en Artes Visuales
por la UNAM, sobre La
cianotipia, fue pionera de los materiales téoricos y prácticos
que proponía formas alternativas, experimentales en los años
ochenta. Mi trabajo experimental y teórico se encuentra publicado
en De luz y plata. Apuntes
sobre tecnología alternativa en la fotografía, México,
CNCA, INAH, 1997.
[5]
Editado por Rosa Rodríguez en 1993.
[6]
Estudio pionero sobre fotoperiodismo publicado en México por la Universidad de Chapingo en
1985. [7] Para muestra están las agendas editadas por Casa de las Imágenes: Jóvenes fotógrafas en 1999 y Fotógrafas en el tiempo en el 2000,donde la autora realizó la presentación de la primera y la edición iconográfica y curaduría de la segunda. |
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