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René Peña, de la serie White Things |
Otro aspecto importante es el relacionado con los propios límites que se impone
(o que puede imponerse) el propio fotógrafo con su interés de
expresión o tal vez con la simbiosis muestra visual-espectador
lo cual no deja de componer una barrera y por lo tanto frena
el desarrollo de un arte no solo visual, sino también, fundamentalmente
social y me atrevo a decir además antropológico. No obstante, ya en la década del veinte podemos encontrar a quien hoy se considera
cátedra del trabajo fotográfico con el cuerpo en Cuba. Su nombre:
Joaquín Blez Marcé (1886-1974). Conocido como el fotógrafo del
mundo elegante, Blez mantiene su discurso entre la sutileza
de cuerpos perfectamente moldeados en medio de elementos que
resaltan el contraste de la piel de las modelos con el fondo
y crea además texturas que permiten el trabajo con la luz. Tal
vez influenciado debido a sus viajes por Europa, donde podemos
encontrarnos a la temprana fecha de 1913 fotógrafos como el
Checo, Frantisek Drtikol (1883-1961) reconocido por sus imágenes
simbólicas y modernistas, Blez se distingue por mostrarnos una
mujer que existe para ser mirada, creando una complicidad motivo-espectador
donde la imagen femenina gana en sensualidad, conservando y
haciendo galas siempre de sus aspectos mas denominativos. Si
bien es Blez pionero del trabajo con el cuerpo en Cuba sus obras
marcan ya estilo propio, y aunque desde él se inicie este tema
y sus imágenes conserven una factura propia del trabajo artístico
de inicios de siglo, podemos ver madurez de conceptos y sobre
todo la base bien cimentada donde se apoya el grueso espectro
de nuestro trabajo actual. No por gusto dos de los grandes artistas
de la fotografía cubana contemporánea, Abigail González y Cirenaica
Moreira han dejado desde temprano sus homenajes al maestro. Tal vez uno de los mas vinculados al cuerpo desnudo en nuestra fotografía
sea el matancero Abigail González (1964) quien gusta de llevar
sus imágenes hasta un punto donde el espectador podría dudar
si se encuentra ante trabajo por tan gráfico naturalmente inocente
o simplemente frente al hilo transparente que marca el inicio
de lo pornográfico. Abigail logra tocar, como todo buen cubano
los dos extremos de su trabajo, así podemos ver imágenes donde
consigue transformar obras ya clásicas en la historia del arte,
en su visión eternamente erótica y mas tarde fotografías donde
una pareja se olvida que se encuentra frente al lente de un
cazador y se entrega totalmente al Eros del momento. En estas
fotografías Abigail utiliza velocidades de obturación lo suficientemente
lentas como para crear una atmósfera de movimiento, lo que por
un lado limita al espectador de todos los detalles de la escena,
pero a la vez convierte a las fotografías en cortos espacios
de tiempo donde podemos ver mas que una acción su continuidad
así como seguir imagen tras imagen, y ubicarnos entonces en
quien mira, y en quien solo está ahí para hacerlo, lo que por
contraposición hace que sus modelos, al igual que los de Blez
existan para ser observados, y mas que eso, que te lo pidan,
algo que no siempre se pone de manifiesto por muy contradictorio
que parezca. En otras ocasiones el motivo solo está detenido,
como sorprendido en su espacio, donde el artista llegó y
disparó y en ocasiones la modelo aparenta no haber notado la
intromisión del extraño. Hablamos ya de los extremos en la obra de Abigail, ahora me referiré a una
serie que pienso coquetea con ese indefinible lugar que ni muy
allá ni muy acá... Tarjetas de visita (1998). En esta
serie las lecturas podrían ir desde una intención figurativa
moderna hasta una representación descarnada de jóvenes en el
multi-erótico espacio de su intimidad. Se puede pensar al igual
que en casos anteriores en quienes existen para los caprichos
visuales del espectador, en quien te regala su cuerpo o simplemente
te muestra –sin razón aparente, de no ser por tan sugerente
titulo- sus encantos solo para complacer esa necesidad de culto
a la personalidad, transformada en culto a lo material, representada
en las zonas mas impúdicas de sus cuerpos, y ante tu frustración
de no poder devolverle tu imagen. Pero aquí también podemos
ver a quien se regodea mirándose, quien descubre frente a si,
un espejo y se detiene en mostrarse, convirtiendo entonces al
espectador en ese voyeur que se aprovecha para ver, y que disfruta con
pensar que está siendo observado a su vez por la joven en cuestión.
Sabemos que para lograr la foto la modelo mira a la cámara,
por lo tanto te mira a ti que estás ahora frente a ella. Pero
no, la modelo se mira y te utiliza a ti como elemento para apoyar
su conciencia en ese hecho. En ningún caso se pierde la identidad
del sujeto, en todo momento se cumple la máxima “Conócete
a ti mismo”. Por otro lado encontramos la obra de Eduardo Hernández (1966) “reconocido
como uno de los artistas claves de la estética gay en el
arte cubano contemporáneo” 2 quien
es de los pocos que apuesta por un desnudo masculino y por una
imagen nada sutil ni espontánea. En sus trabajos podemos apreciar
cierta tendencia al consumo de una condición hasta hace poco
marginada, y que aun permanece a expensas de reacciones negativas,
donde el ser se convierte en objeto y se usa tal vez como forma
de desahogo. Eduardo los encierra, los amarra, les crea un sin
número de barreras con su propia necesidad de decir, siendo
solo el artista el que se expresa o dejando que ellos lo hagan
pero siempre mediante él. Entonces Eduardo se siente como su
protector, como su guía, él marca el camino, sus modelos se
limitan solo a caminarlo y esta condición los aparta de su capacidad
de ser. Otro caso significativo es la obra de René Peña (1957) Considerado uno de
los mayores exponentes de la Fotografía Cubana Contemporánea,
Peña ha enfocado su trabajo (o gran parte de este) al cuerpo
masculino, pero no solo con una connotación sexual, sino también
socialmente marcada desde un punto racial que va desde la consolidación
–imagen mediante- de estereotipos donde el negro aparece como
un símbolo sexual hasta el concepto desgarrador donde podemos
apreciar la fuerte lucha contra la tan marcada marginalidad
de género, aspecto en el que Peña se apoya para lanzar su discurso
y descubrir cortinas aparentemente eliminadas ya. En sus trabajos el elemento blanco es utilizado como contraparte para
su intención de resaltar todo ese ámbito en el que su obra nos
sumerge. Utiliza imágenes que llenan todo en encuadre, aprovechando
hasta el final cada espacio para emitir su criterio, para golpear
con su critica que de no ser tan segura
llegaría a parecer masoquista. También se auto define como parte
del mundo que defiende, o al menos como razón de su trabajo
al aparecer continuamente él en
sus fotografías. Es justamente esta su intención, la búsqueda
debe partir de nosotros mismos, recorrer todo lo posible y finalmente
llegar al punto de partida, para volver a empezar. Ya sea una
bayoneta a modo de falo-discurso, un “algo” que echa las cartas
o simplemente un hombre, camisa abierta y rostro cortado a ras
del extremo superior de la imagen, lo que distingue a este artista
es su capacidad de transmitir no únicamente lo que percibe,
cuando muchas veces a pesar de ser solo la punta del iceberg
lleve consigo la inmensidad de un trabajo eterno. Trabajo eterno lo constituye la obra de Cirenaica Moreira (1969) Aquí la mujer
deja de ser el objeto fotografiado para convertirse en hacedora
de mundos, aunque esto no quiere decir que no sea ella quien
aparezca en sus imágenes. Cirenaica en su condición de actriz
de teatro recrea todo un mundo a través de sus escenografías
y sus ideas espaciadas donde la mujer es no solo centro sino
también cimiento de cada una de sus intenciones. En un inicio
cuando no era precisamente ella quien apretaba el obturador
de la cámara encargada de congelar su espacio mágico, podemos
constatar la existencia de proyectos encaminados hacia lo instalativo,
pero que sería mostrado de forma bidimensional. Entonces volvía
a ser actriz y centraba sus ideas hacia un escenario propio,
donde la creación iba mas allá de la necesidad de expresión,
y donde la expresión era tan universal como puede serlo solo
Cirenaica, aunque para nosotros sus planteamientos sean siempre
con un enfoque nacional, con una mirada digna del concepto de
patria. Sus fotos hablan de utopías, también laceran en esos
momentos que la verdad mas cruda es inaceptable, pero no es
ella quien hiere, ella solo muestra, deja ver lo existente,
el resto depende de cada uno de sus espectadores, de lo que
sepamos tomar y de nuestra capacidad de aceptación, no se trata
solo de observarlo todo y retener lo bueno, se trata de comprender
que en su obra podrán existir aún lagunas inexploradas –Cirenaica
es joven- pero de que los temas ya planteados son tan de adentro
que es precisamente por esta cualidad que al que vive para expresarse,
sea cual sea el medio, en ocasiones se le llame artista.
1 Grethel Morell Otero. El cuerpo y la fotografía: con los ojos de Narciso. Revista Revolución y Cultura 2/2004. Pág. 31. 2 Pulsiones. Fotografía Cubana Contemporánea. 2003. Pág. 9. |
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