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Arde! Arte - vete y vete |
Acompañaba
al stencil un texto sin firma en el que constan datos estadísticos
recientes sobre la situación socioeconómica tucumana, a partir
de la siguiente caracterización: “Tucumán [es una]
provincia pequeña, demográficamente densa e históricamente
empobrecida desde la década del 60 con el cierre de los ingenios
azucareros y los procesos de desindustrialización”. Así,
esta intervención, que parece a primera vista un guiño interno
al circuito artístico a partir de una cita a la historia del
arte, cuya comprensión estaría limitada exclusivamente a los
que cuentan con la referencia de la mítica obra de los 60, permite
otra lectura, la del peatón no informado que se topa en la calle
con la frase y puede leer la información sobre la provincia,
sin necesidad alguna de remitirla a aquel episodio acaecido
más de tres décadas atrás, ni entenderla como arte (o mejor
meta-arte). Tucumán sigue ardiendo, deduciría ese hipotético
peatón, porque la provincia norteña continúa siendo exponente
de la miseria crónica, como señalaban no hace mucho la primera
plana de los diarios, volviendo noticia alguna de las reiteradas
muertes infantiles por desnutrición en los hospitales públicos
de la provincia. El
sencillo procedimiento de Iniesta, entonces, va más allá de
la mera cita de un nombre emblemático. Emula en microescala
la complejidad del procedimiento de Tucumán Arde en tres sentidos.
El primero, en la medida en que el artista deviene investigador
de la sociedad: en 1968, los artistas indagaron en las causas
de la crisis que asolaba a la provincia, recurriendo a sociólogos
y economistas, pero también viajando a Tucumán a involucrarse
ellos mismos como testigos directos de las consecuencias sufridas
por la población a causa del cierre de decenas de ingenios azucareros.
Emplearon fotografías, entrevistas, filmaciones y otros recursos
documentales buscando poner en evidencia la falsedad de la propaganda
oficial sobre el curso de la crisis. El segundo sentido, justamente,
es la apuesta por construir contrainformación
en el espacio público y para un espectador masivo, por fuera
del restringido circuito artístico. Tucumán
Arde aspiraba a constituirse en un contradiscurso, y para lograrlo
sus realizadores llevaron a cabo una elaborada estrategia
que instalaba el problema tucumano en circuitos masivos a través
de múltiples medios y en varias etapas: engañosas conferencias
de prensa, campañas publicitarias de incógnita (parte de las
cuales era la mencionada oblea), masivas muestras de los resultados
de la investigación, llevadas a cabo en las centrales obreras
opositoras de Rosario y Buenos Aires –a pesar de la prohibición
de reuniones públicas que regía durante la dictadura de Onganía. La
tercera coincidencia es la puesta en cuestión de los espacios
de exposición artística. Al pasar a trabajar en el seno de la
Comisión de Acción Artística de la CGT de los Argentinos, la
vanguardia venía de protagonizar a lo largo de 1968 un itinerario
de acciones y definiciones que los habían colocado fuera de
la institución arte, en abierta y definitiva ruptura con aquellas
instituciones modernizadoras que les habían dado cabida y visibilidad
hasta entonces, en especial el Instituto Di Tella (una fundación privada dedicada a apoyar al arte contemporáneo que había
brindado cabida a las tendencias experimentales). Ahora,
Iniesta se niega a estampar “Tucumán sigue ardiendo” dentro
de una muestra de stencils realizada en el Centro Cultural Recoleta
(un espacio institucional que legitima nuevos artistas y tendencias),
porque considera que entrar en ese espacio va en contra de la
potencialidad del medio usado y de su inscripción callejera.
Él cree, tímidamente, que el arte puede modificar su entorno.
Ellos construyeron de esa certeza un programa de intervención:
se propusieron elaborar una “nueva estética” como su aporte
específico a la revolución que percibían como inminente e inevitable.
Buscaron definir “un nuevo campo”, “una nueva función” y “nuevos
materiales que realicen esa función”, para lograr “una nueva
obra que realice en su estructura la conciencia ideológica del
artista”. La “nueva estética” recuperaba del ideario de las
vanguardias históricas la intención de fusionar el arte y la
vida. ¿Debe
desprenderse de estas coincidencias que Tucumán Arde sigue ardiendo?
El stencil de Iniesta no es excepcional en su recuperación de
la mítica obra del 68. Por el contrario, las referencias son
frecuentes y variadas. Tucumán Arde es el nombre de un bar ubicado
en la avenida principal de la ciudad de Luján, y en su homenaje
uno de los grupos de contrainformación que emergen luego de
la revuelta popular de fines de 2001 se llamó “Argentina arde”.
En los últimos años, Tucumán Arde se
ha convertido en la obra más recurrentemente revisitada del
arte argentino, seguramente aquella sobre la que más páginas
han sido escritas, no sólo por historiadores del arte, curadores
o críticos, sino también por activistas políticos. Más
allá del riesgo fagocitador de la institución
arte y el reduccionismo que implica limitarla a ser un temprano
episodio del arte conceptual, riesgo contra el que advirtieron
muy pronto sus mismos protagonistas,
[3]
la pregunta aquí es cómo es leído Tucumán
Arde por los artistas activistas que se volcaron a la agitación
callejera, y qué persiste
de aquella experiencia en las actuales prácticas artístico-políticas. Arte y política en la calle: de los años 80
al 2001 En
los primeros años 80, postrimerías de la última dictadura militar,
se concretaron algunas iniciativas de artistas que proporcionaron
una visualidad a la lucha contra el Estado genocida. La más
emblemática de estas producciones visuales fue la realización
de miles de siluetas humanas a escala natural, estampadas sobre
papeles que luego se pegaban de pie sobre paredes, árboles y
columnas. Esta práctica se inició durante la noche del 21 de
septiembre de 1983, en ocasión de la III Marcha de la Resistencia
convocada por las Madres de Plaza de Mayo, y produjo un impacto
notable no sólo por la modalidad de producción (los manifestantes
prestaban el cuerpo para que cientos de realizadores tomaran
su contorno, que pasaba a representar a uno de los desaparecidos)
sino por el efecto que causó la multitud de siluetas interpelando
con un grito mudo a los peatones desde las paredes de los edificios
céntricos, a la mañana siguiente. El procedimiento, que había
sido iniciativa de tres artistas visuales (Rodolfo Aguerreberry,
Julio Flores, Guillermo Kexel), fue socializado de allí en más
y se convirtió en sucesivas movilizaciones en una contundente
forma visual de señalar la presencia de una ausencia. Contemporáneamente,
también actuaba en Buenos Aires un grupo de artistas denominado primero Gas-tar y luego CAPataco
(“colectivo de arte participativo tarifa común”, sigla que encierra
un chiste en base al doble sentido de colectivo como grupo y
como transporte público de pasajeros).
[4]
Este colectivo llevó a cabo hasta comienzos
de los 90, una serie de intervenciones callejeras (gráficas,
performáticas), en su mayor parte vinculadas a movilizaciones
populares, por fuera del circuito artístico. Fue además el que
buscó tender un puente hacia Tucumán Arde, rastreó a sus protagonistas
sobrevivientes, le atribuyó una paternidad que sentía vacante.
Algo similar ocurre en Rosario, cuando una nueva generación
de artistas
[5]
organiza en 1984 unas jornadas de rescate
de obras, documentos, manifiestos y testimonios del Grupo de
Arte de Vanguardia de Rosario, autodisuelto luego de Tucumán
Arde. Estos jóvenes artistas rearticulaban así una memoria artística y política, quebrada por el feroz silenciamiento que implicó la dictadura. Aquella fue una reivindicación casi secreta, marginal y precursora: muchos años más tarde Tucumán Arde ingresará al relato oficial del arte argentino, y será una referencia ineludible para aquellos que se propongan articular arte y política. [6] Desde
1998, el GAC genera la gráfica de los escraches: son característicos
sus carteles que subvierten el código vial, simulando ser una
señal de tránsito habitual (para un espectador no advertido podrían incluso
pasar desapercibidos) e indicando, por ejemplo, la proximidad
de un ex centro clandestino de detención (“El Olimpo a 500 m.”),
los lugares de los que partían los llamados “vuelos de la muerte”
(los detenidos eran arrojados vivos al Río de la Plata desde
aviones) o la demanda de juicio y castigo a los represores. Por
su parte, Etcétera aportó en los escraches la realización de
desopilantes performances teatrales, con grandes muñecos, máscaras
o disfraces, en las que representaban escenas de tortura, represores
en el acto de apropiarse de un recién nacido hijo de una prisionera,
un militar limpiando sus culpas al confesarse con un cura, o
un partido de fútbol que enfrentaba argentinos contra argentinos.
Tanto
los carteles del GAC como las performances teatrales de Etcétera
fueron en principio completamente invisibles para el campo artístico
como “acciones de arte”, y en cambio proporcionaron identidad
y visibilidad social a los escraches y contribuyeron a que se
evidenciaran como una nueva forma de lucha contra la impunidad. Al
calor de la revuelta popular que se desencadenó en diciembre
de 2001, surgieron una cantidad notable de grupos de artistas
plásticos, cineastas y videastas, poetas, periodistas alternativos,
pensadores y activistas sociales, que inventaron nuevas formas
de intervención vinculadas a los acontecimientos y movimientos
sociales con la expectativa de cambiar la existencia en Argentina:
asambleas populares, piquetes,
[7]
fábricas recuperadas por sus trabajadores,
movimientos de desocupados, clubes de trueque, etc. Entre estos
grupos, algunos tuvieron una vida efímera o coyuntural, y otros
persisten en su trabajo articulado a las movilizaciones sociales,
como el TPS (Taller Popular de Serigrafía) y Arde! Arte. El
TPS nació a partir de una propuesta de los artistas Mariela
Scafati y Diego Posadas en la Asamblea Popular de San Telmo
en febrero de 2002 para enseñar serigrafía, socializar esa técnica.
Muy pronto empezaron a producir afiches convocantes a marchas
o actividades, y de manera un poco casual pasaron a estampar
prendas (remeras, pañuelos, banderas, buzos: lo que la gente
lleva puesto “y se saca en amorosa demanda”) en los actos y
jornadas políticas, particularmente con el movimiento piquetero.
Al trabajar con prendas de vestir en uso logran que la imagen
circule y disperse el motivo de la protesta por otros ámbitos.
Para cada ocasión preparan un repertorio de imágenes y consignas
directas, incluso obvias, que no le temen al panfleto, relacionadas
con el estado de ánimo y el motivo de la convocatoria. El TPS
“trata de proveer a la lucha una imagen que identifique el momento
y el lugar donde la protesta se desarrolla”. Lo hace en base
a un intercambio de persona a persona: entre la mano que estampa
y la mano que ofrece su remera. Arde!
Arte es un desprendimiento de Argentina Arde, que como la obra
que homenajea, apuntó a generar contrainformación. Surgió también
al calor de las movilizaciones de diciembre de 2001 a partir
de una convocatoria de Indymedia a todos los que estuviesen
tomando registro de lo ocurrido en las calles en esos días,
ante la constatación de que los medios masivos no estaban informando
(“nos mean y Clarín dice que llueve”, se pintaba entonces en
las paredes, aludiendo al diario de mayor tirada del país).
Argentina Arde funcionó como una asamblea –una más de las decenas
de asambleas barriales que surgieron en esos días–, y nucleó
a más de cien personas, entre grupos de video, arte, fotografía,
periodismo y activismo cultural. Luego de un conflicto entre aparatos políticos
que fracturó Argentina Arde (las “mezquindades de la militancia”,
señala Javier del Olmo, integrante de Arde!), Arde! Arte continuó
como un grupo de seis o más artistas que trabaja en arte de
acción en la calle. Como
parte del mismo clima –un torbellino– surgieron otras iniciativas
que no apuntaban centralmente a vincularse a las movilizaciones
populares sino a generar comunidades, a refundar lazos sociales,
recrear vínculos entre las personas –se trate de artistas o
no–, a partir de inventar nuevas experiencias y formas de vida.
El Proyecto Venus se define como una “sociedad experimental”
en forma de red que agrupa entre 180 y 300 personas de muy diversa
extracción social y formación, “habitus” –en términos de Pierre
Bourdieu–, que intercambian con una moneda interna bienes simbólicos,
materiales o trabajo, o emprenden distintos proyectos en común.
El PTV (Partido Transportista de Votantes) se presenta como
una parodia muy seria de partido político cuya única plataforma
es trasladar a los votantes al lugar de sufragio y que ya agrupa
a una treintena de militantes y llegó a reunir a 300 simpatizantes
en sus actos en la ciudad de Córdoba.
[8]
Entre
la rebelión de diciembre de 2001 y la asunción del presidente
Néstor Kirchner, a mediados de 2003, se vivió un entorno de
inédita inestabilidad institucional y continua agitación. Los
grupos de arte se vieron interpelados por la aparición de nuevos sujetos
colectivos que reclamaban un cambio radical en el sistema político
(“que se vayan todos”), y fueron parte de la emergencia de un
renovado activismo. “Nunca antes había estado en medio de una
represión”, dice Javier del Olmo y recuerda las balas rebotando
a su lado cuando la policía arremetía contra los masivos cacerolazos
del verano de 2002. “Era algo completamente nuevo: sentirnos
protagonistas de la realidad”. En
ese lapso atravesaron un periodo de
activismo permanente e intenso, y recibieron una lluvia
de demandas de asambleas y piquetes, urgidos por necesidades
concretas de las continuas convocatorias a movilizaciones. Llegaron
al vértigo de producir acciones semana a semana. En una misma
convocatoria podían intervenir y colaborar entre sí varios colectivos
de arte. Algunos artistas –pertenecientes a más de un grupo–
pasaban en cuestión de minutos de una acción a otra. Tuvieron
lugar también acciones espontáneas: por ejemplo, proponer con
éxito a la multitud una variación del ritmo monótono de los
bombos y cacerolas durante una marcha, haciendo retumbar los
postes metálicos de los faroles de la Avenida de Mayo. Algunas
acciones partieron de un grupo para ser debatidas en asambleas.
Una propuesta de Etcétera a la asamblea popular de artistas
llegó a ser votada y aprobada por la masiva reunión interasambleas,
y luego rediscutida y redefinida en asambleas barriales. El
“mierdazo” (llevar masivamente deposiciones humanas o animales
al Congreso Nacional, para incomodar a los gobernantes) se llevó
a cabo, finalmente, el 28 de febrero de 2002, provocando un
revuelo mediático. Otras veces, la movilización hizo suyas y
transformó las propuestas de los artistas. En mayo de 2003,
las obreras de Brukman, un taller textil recuperado por sus
trabajadores y desalojado violentamente por un batallón de infantería
en abril, realizaron una acción que llamaron “Maquinazo”, con
la colaboración de varios artistas: a metros de distancia la
fábrica desalojada, vacía y amurallada por el cordón policial,
instalaron máquinas de coser en la calle y allí confeccionaron
ropa para los inundados de Santa Fe, volviendo el gesto de solidaridad
entre desposeídos un acto
público. Una iniciativa semejante se replicó en 2004 en el caso
de Zanón, una fábrica de cerámicos también recuperada por sus
trabajadores, quienes pidieron a los artistas que producieran
obras que usasen de soporte las propias cerámicas de la fábrica. Los
límites para definir si estas distintas prácticas callejeras
son o no arte, o en todo caso cuáles lo son, se vuelven nebulosos.
¿Depende de la definición que hagan los propios realizadores?
¿De su condición de artistas? ¿De la lectura de críticos o curadores,
el juicio del medio artístico? Pienso, más bien, en la imagen
de un reservorio público, una serie de recursos socialmente
disponibles para convertir la protesta en un acto creativo:
piénsese si no en la “performance” protagonizada por la “familia
estafada”: padre, madre e hijos decidieron veranear dentro del
edificio del banco que retenía sus ahorros, y se instalaron
allí con traje de baño y bronceador.
[9]
Inventar
nuevas formas de vida y de vínculo, convertir la carencia, el
dolor, la indignación en otra cosa, en una llamada colorida
a los demás en medio de un tiempo de vértigo y creatividad social. Diversos y semejantes En
diciembre de 2002, una veintena de colectivos se convocaron
en el espacio Tatlin –donde funcionaba el Proyecto Venus– en
lo que se llamó Encuentro Multiplicidad. Buscaban conocer sus
rasgos en común y aquello específico que identificaba a cada
uno. En su análisis de las distintas intervenciones allí presentadas,
José Fernández Vega encuentra más elementos en común que variaciones
entre los grupos representados: “funcionamiento interno por
consensos, régimen de ingreso abierto y rotación de sus integrantes
(…), actividad organizada a partir de proyectos particulares
(…), acuerdos mínimos, ideal de funcionamiento en red, incluso
cooperando con otros grupos. (…) Los grupos se distinguen, es
cierto, por sus ocupaciones específicas, sus características,
su historia, su localización y sus partes integrantes. Pero
sus principios son casi idénticos”.
[10]
Podría ampliarse aún más la lista de lo que
tienen en común: la opción por la autoría colectiva y el borramiento
de la figura del artista individual, de su “estilo” y su nombre
propio, reemplazado por el anonimato o el nombre genérico. Aunque
aquí, más que insistir en ese sustrato común, elijo explorar
la singularidad de cuatro de estos grupos (GAC, Etcétera, TPS
y Arde! Arte), todos ellos activos actualmente en Buenos Aires,
en cuanto a su modo de trabajo, las formas y lenguajes por los
que opta, sus concepciones sobre el arte y su inscripción en
la acción política, la resolución que dan a su relación con
organizaciones políticas o gremiales y movimientos sociales,
por un lado, y sus tensiones en relación a las instituciones
artísticas, por otro. Orgánicos o autónomos Una primera distinción
puede establecerse en cuanto a la relación con los movimientos
y sus organizaciones (de derechos humanos, de desocupados).
Como gran parte de la sociedad argentina, estos grupos de arte
se muestran en general reactivos a las viejas estructuras partidarias
–inclusive las de la izquierda– y desconfían de sus modalidades
de intervención en los conflictos, que ven intrusivas, manipuladoras
o sectarias. Se vinculan, sí, de manera permanente o esporádica
a las nuevas organizaciones: son parte de coordinadoras como
la Mesa de Escrache o el Movimiento por la Jornada de Seis Horas;
participaron –o participan– de asambleas populares, colaboraron
–o colaboran– con distintos sectores del movimiento piquetero
(especialmente distintas regionales del MTD, Movimiento de Trabajadores
Desocupados). ¿Cómo
se integran y discuten sus propuestas los grupos de arte con
estas organizaciones? ¿Qué les demandan ellas? No siempre el
convencional rol del arte político de “ilustrar la letra de
la política”, elaborando las imágenes o gráfica que acompaña
las movilizaciones (banderas, afiches, murales). También les
piden que cumplan un rol didáctico, la transmisión de determinado
conocimiento técnico (la serigrafía, por ejemplo), imaginado
como alternativa de salida laboral para los desocupados. En
esa línea, y buscando “producir en condiciones de no explotación”,
el TPS realiza junto al MTD de La Matanza prendas estampadas
con sus imágenes, que se distribuyen en una “red de comercio
justo”. Las
relaciones no son siempre armoniosas y mutuamente comprensivas,
sobre todo en el caso de las asambleas (fenómeno que nucleó
fundamentalmente a la clase media porteña y que viene mermando
de manera notable en su capacidad de convocatoria). Magdalena
Jitrik, del TPS, narra su experiencia dentro de una asamblea
barrial que discutía la construcción de un edificio destinado
a comedor popular. Ella propuso que “la fachada del edificio
y su fisonomía arquitectónicas tenían que ser comunicantes,
porque si la asamblea era un fenómeno nuevo, pues la arquitectura
también tenía que ser nueva. (…) Esta batalla la perdí porque
no fue bien comprendida la propuesta que hice o no gustó (…)
esa idea de que toda expresión visual, sonora,
gráfica o escrita de un movimiento tendría que ser pensada
en función de lo que ese movimiento aspira”.
[11]
A partir de ese episodio y otras pulseadas
semejantes, los integrantes del TPS decidieron no poner sus
producciones en discusión de la asamblea y mantener su autonomía:
“hay algo en la creación artística que no es democrático. Sería
terriblemente antidemocrático que el TPS cambiara un afiche
porque un colectivo que no entiende nada de arte y no tiene
ganas de entenderlo, se lo exige”. No fue el único caso de tensiones
entre los artistas y sus propuestas en las asambleas
que participaban. Arde! Arte terminó retirándose de otra asamblea
vecinal, desgastado entre otras cosas porque una propuesta tan
mínima como destinar una pared del edificio en el que se reunían
a ser espacio de muestras derivó en un tedioso debate que llevó
¡un año!. En
relación al movimiento piquetero, su permeabilidad ante las
propuestas de los artistas parece ser mucho mayor, inversamente
proporcional a la falta de preconceptos sobre cuál debe ser
la forma “políticamente correcta” del arte político. La
identificación con los piqueteros es mayúscula en el TPS: en
sus primeras producciones, se autoconciben como meros ejecutantes
o agentes realizadores de la imagen que les solicitan. En consulta
con ese sujeto concreto y las situaciones que lo atraviesan
definen la imagen y la consigna a estampar: “Sacar el taller
a la calle, socializar el proceso de producción, permitió construir
una relación, un ‘arte de participación’”. Lejos
está el GAC de esta fuerte identificación. Lorena Bossi menciona
la anarquización que rige últimamente los vínculos del grupo
con las organizaciones con las que antes se establecían lazos
persistentes y orgánicos. En
el caso de Arde! Arte (que estuvo inicialmente vinculado a la
Universidad Popular de las Madres de Plaza de Mayo, y ahora
ocupa un espacio brindado por la asamblea de Palermo), la cuestión
de la autonomía o la subordinación o disposición a las demandas
de las organizaciones ha pasado por distintas fases. Últimamente,
resolvieron realizar sólo acciones orgánicas
a partir del conflicto con el que están trabajando. Un ejemplo
reciente, en relación con las casi doscientas jóvenes víctimas
del incendio en la disco “República de Cromañón”, ocurrido en
diciembre último. Al cumplirse un mes de la tragedia, el grupo
preparó medio centenar de barriletes o cometas –junto a la asamblea
de Palermo-, para llevar a la marcha convocada por los familiares
y amigos de las víctimas. La propuesta era jugar con el doble
sentido de cometa (el juguete volador y la coima al funcionario corrupto), aludiendo
a la juventud de las víctimas y a la acusación que pesa sobre
las autoridades por la irresponsable falta de prevención. Sin
embargo, al realizarse la marcha el clima de dolor y duelo era
tan intenso, la lluvia tan gris y persistente, que el grupo
decidió no remontar los cometas. Un mes más tarde fueron los
mismos familiares los que les pidieron que los eleven al cielo
en una nueva movilización. ¿Cómo resolvieron similares tensiones los realizadores de Tucumán Arde? La CGT de los Argentinos, espacio aglutinante de la oposición a la dictadura de Onganía, había hecho una inédita convocatoria a estudiantes, intelectuales y profesionales a integrarse en sus filas, adhesión que en el caso que nos incumbe aquí tomó la forma de una Comisión de Artistas. Esta pertenencia no implicó que los sindicalistas tuvieran injerencia en la obra, pero sí coadyuvó a la definición del tema (la denuncia de la situación tucumana era uno de los diez puntos del programa de la central obrera), y a la vez proporcionó condiciones para concretarla (contactos y apoyos de los sindicatos tucumanos, la ocupación de las sedes sindicales para exhibir los resultados). El desplazamiento de una obra de arte de vanguardia hacia una institución político-sindical opositora impuso nuevas reglas de juego, otras formas de negociación, una circulación distinta de la obra. Esta vinculación, así como la autoría colectiva y los esfuerzos evidentes por llegar a un nuevo público (masivo y popular) y encontrar un nuevo lenguaje son expresiones de una búsqueda: la de redefinir el vínculo del arte y la política, a partir de la necesidad de dirigir el impacto de la creación artística hacia la transformación social. Los alcances de esta búsqueda se vieron restringidos por las presiones gubernamentales sobre los sindicalistas, que ocasionaron la clausura inmediata de la muestra en Buenos Aires y llevaron a los artistas a concluir que estaban ante los límites de trabajar dentro de los marcos legales en tiempos de dictadura, y a discutir incluso el pasaje a la clandestinidad. En
cuanto al Siluetazo, en 1983 la iniciativa de los artistas fue
aceptada y reformulada por las Madres de Plaza de Mayo y llevada
a cabo por la movilización que las acompañaba, que la transformó
en los hechos. Se había pensado en una plantilla uniforme y
las Madres pidieron que también estuvieran representados los
chicos y las mujeres embarazadas. Se había pensado en
que las siluetas no tuvieran marca identificatoria alguna, y
espontáneamente la gente les escribió el nombre de un desaparecido
y la fecha de su desaparición, o las cubrió de consignas. De
este recorrido puede desprenderse que el espectro de vínculos
con las organizaciones y los movimientos es muy variado y cambiante:
va de la identificación a la autonomía, de la ilustración de
una consigna a la transmisión de una técnica. Muchos de estos
encuentros (y también desencuentros) llevan a pensar cuál es
el estatuto de estas prácticas artísticas que pretenden instituirse
en intervención política. Arte o militancia Otro
punto de abordaje posible a este conjunto de colectivos de arte
radica entonces en la puesta en cuestión de la definición artística
de sus prácticas y la condición de artistas de sus realizadores. Al
GAC, este asunto le provoca evidente irritación. Entiende sus
producciones como una forma específica de militancia. Se definen
como “un grupo de personas que trata de militar en política
a través del arte. […] No creemos que la política tenga que
ejercerse necesariamente a través de las herramientas clásicas”.
[12]
“Nos nominaron como artistas desde
el campo artístico”, sostiene Carolina Golder. En
el otro extremo, Etcétera proclama –como en los primeros manifiestos
surrealistas– la revolución desde el arte, y que todos pueden
aspirar a ser artistas. Según Nancy Garín, el grupo entró ya
en la etapa de “profesionalizarse como artistas”. ¿Qué implica
esa profesionalización? “Recuperar la actitud surrealista de
los primeros tiempos del grupo, y combinarla con la conexión
con la realidad, el estudio de teoría y la puesta al día constante
de lo que está ocurriendo en el mundo del arte, además de sostener
una presencia crítica en el medio, asistir a las inauguraciones”.
El grupo “adquirió recientemente conciencia de que ‘eso’ [los
objetos que producían para llevar a una marcha, por ejemplo]
era una obra” y que como tal tenían que valorarla y hacerla
valorar, dejando de pensar que podía ser reproducida y descartada
cuantas veces hiciera falta. Esta valoración del dispositivo
producido como obra está en las antípodas de la concepción del
GAC o el TPS, que sostienen la condición múltiple y efímera
–muchas veces anónima– de los recursos usados en las acciones,
y favorecen que éstos, se trate de una estampa o una encuesta,
puedan ser retomados y usados por otros. Para
los integrantes de Arde! Arte el asunto es menos conflictivo:
importa poco definir si es arte o no lo que hacen. En todo caso
están seguros de que la manifestación artística no se reduce
al objeto producido (mural, afiche, bandera, el soporte que
fuera) sino que es el conjunto de la acción en su contexto. Los
integrantes del TPS y de Etcétera, en su mayoría, cuentan con
obra individual previa o paralela a la constitución de los grupos,
que circula en espacios convencionales de exposición, y que
mayormente no guarda relación formal aparente con las producciones
colectivas. El TPS sostiene que éstas últimas son resultado
de una práctica antiautoral, que borra marcas de estilo individual
y en cambio reivindica al sujeto que produce como grupo y es
capaz de intervenir en su entorno. “Lo que importa es el proceso
de trabajo, no tanto la imagen en sí”, afirma Karina Granieri.
“La microescala, el contacto de uno a uno, es una situación
intransferible”. Narra la anécdota de que muchas veces se encuentran
en una movilización con que vuelven a estampar
una prenda que ya había sido intervenida por ellas mismas
en distintas y distantes ocasiones. En las huellas superpuestas
sobre esas remeras está inscrita la historia del TPS y de su
articulación con las jornadas de lucha piquetera. De
este modo, se puede anotar que, a excepción del GAC, todos definen
con mayor o menor énfasis lo que hacen en la calle como arte
y a sí mismos como artistas. Coinciden en esto con los realizadores
de Tucumán Arde que defendían su condición de “verdadera vanguardia”,
y la especificidad de su aporte artístico al proceso revolucionario. Al tensionar su producción y su reflexión artística
hacia el escenario de la acción política, aquellos artistas
pretendieron lograr un espacio propio de intervención en la
transformación colectiva de lo público. Definieron sus
prácticas militantes (un volanteo de una carta de renuncia en
la puerta del Di Tella, el violento sabotaje al premio Braque,
la interrupción de una conferencia de Jorge Romero Brest, el
pope de las vanguardias) como obras, acciones colectivas y violentas
que impactan en la realidad a la manera de un “acto político”.
En cambio, las siluetas no fueron presentadas por sus realizadores,
ni leídas por sus testigos como arte, sino como una forma visual
de lucha y memoria.
[13]
Adentro o afuera La
relación que sostienen con la institución arte es otro punto
conflictivo para estos grupos. En un movimiento inverso al del
68, cuando los artistas protagonizaron una cruenta ruptura con
los espacios y los modos de circulación restringida del arte,
rebelión que los colocó fuera
del (o más aún, en oposición al) circuito institucional modernizador
con el cual habían convivido hasta entonces, para salir
a la calle y buscar ámbitos alternativos ajenos al campo artístico;
ahora los artistas son interpelados por las instituciones artísticas
para que muestren sus prácticas callejeras (o su registro) dentro
del circuito. Si
en aquel momento tanto el Grupo de Arte de Vanguardia de Rosario
como el núcleo de vanguardistas porteños que realizaron Tucumán
Arde eran reconocidos visiblemente como la zona más dinámica
del campo, en cambio la mayor parte de los jóvenes que integran
los grupos actuales ocupaban hasta el 2001 en el campo artístico
la posición de recién llegados con escaso capital simbólico,
y quedaron de golpe colocados en un lugar de tremenda exposición
a partir de la proyección internacional que alcanzaron al ser
invitados a importantes eventos (el GAC en la Bienal de Venecia
en 2003, el GAC y Etcétera en “Ex Argentina” en 2004, y varias
otras convocatorias) y la consiguiente atención local desatada
sobre ellos. Desde el momento mismo del surgimiento del TPS,
tiene lugar un aluvión de tesis y monografías académicas que
los convierten de golpe en objeto de estudio.
[14]
Esta
inédita parábola (del activismo callejero al reconocimiento
en el ámbito artístico internacional o el académico, sin paradas
intermedias) generó indudables tensiones al interior de los
grupos, particularmente en el GAC, que resolvió no volver a
mostrar sus producciones en espacios convencionales de exposición. Aunque
no en términos tan categóricos ni absolutos, Arde! Arte decidió
a su vez no aceptar la invitación a participar en la última
feria Arte BA (que apostó con bombos y platillos a la anexión
del “arte político” al mercado) y en cambio eligió realizar
–junto a VyP, compuesto por los artistas Hugo Vidal y Cristina
Piffer– una acción en las inmediaciones de la feria, interviniendo
con pintura negra los carteles que la promocionaban para resaltar
las siluetas blancas y vacías (en referencia al procedimiento
iniciado en el Siluetazo). Algún anónimo, a su vez, había pegado
sobre esos mismos afiches una hoja recordando a un artista desaparecido. También
Etcétera eligió los márgenes de Arte BA para realizar durante
tres años “Arte Biene”, acciones o instalaciones no autorizadas,
en la entrada y a veces ilegalmente dentro de la feria que no
abandonaban los espacios institucionales, sino reclamaban su
democratización. Por
su parte, el TPS considera que se pueden inventar espacios de
exhibición y producción completamente al margen de los ya establecidos
(un piquete, una asamblea, una fábrica recuperada, por ejemplo),
y lograr que el circuito artístico los reconozca como válidos.
Apuestan así a la ampliación del circuito artístico, y no a
su abandono. También Arde! Arte plantea que aunque no
es preciso el límite, en la calle se manejan otros códigos,
y que no se puede trasladar lo que funciona en la calle a una
galería, del mismo modo que el espacio más adecuado para ver
pintura sigue siendo el “cubo blanco”. Etcétera describe su
situación frente a la institución artística como “un pie adentro
y uno afuera”, pero insiste en que su pelea fundamental, en
tanto artistas, es “dentro de nuestro gremio” –opina Garín. Si
la vanguardia del ’68 consideró
que sólo al margen de las instituciones artísticas la “nueva
estética” podía mantener su carácter revolucionario, ahora la
distinción entre el adentro y el afuera de la institución parece
más nebulosa. Y sus límites están puestos en constante revisión
o reformulación. Experimentar o comunicar Al
arribar al itinerario del 68, los artistas percibían que sus
experimentos formales habían llegado tan lejos que no tenían
público salvo sus pares. La realización de una obra de vanguardia
en una central obrera abre para ellos una zona de tensiones
entre las búsquedas formales
y las adecuaciones que exige esa inserción y la
convocatoria a un público no especializado, obrero o popular.
León Ferrari subraya el
problema del lenguaje: cuando la vanguardia cambia de medio y de público, abandona el código de
élite del arte experimental desconocido por las mayorías, y
pasa a buscar un nuevo lenguaje capaz de transmitir “significados”
a ese nuevo público. El dilema
entre comunicabilidad y experimentación estuvo presente
en el montaje de las muestras de Tucumán Arde, y algunos participantes
lamentaron años después que haya predominado la dimensión informativa,
a costa del empobrecimiento de la resolución artística. ¿Se
plantean hoy tensiones semejantes en los grupos de arte? La
cuestión de la comunicabilidad de la acción se resuelve de maneras
diferentes, pero nunca es vivida en términos de renunciamiento.
En el TPS, la opción por un lenguaje que puede resultar obvio
o panfletario está claramente emparentada con priorizar la comunicación
con un público no especializado en arte, lo que se vive como
una elección voluntaria, el grado de libertad que implica correrse
de las “presiones autorales”. También es cierto que las imágenes
del TPS son descalificadas por algunas voces del campo artístico:
que si hacen “un mal realismo socialista”, que caen en los tópicos
obreristas o guerrilleristas más remanidos. Ellas defienden
como tal el proceso de invención por el que llegan a determinada
conjunción de imagen y consigna (“la posibilidad de generar
condiciones propias de actuación, un tiempo para el propio pensamiento,
una invención donde la imagen pueda ser el soporte material
de problemas donde queremos intervenir”). Por otra parte, en
algunos casos esa resolución termina siendo una elaborada cita
a la historia del arte. Por ejemplo, el grupo realizó en el
acto del 1º de mayo de 2004, cuando faltaba poco para la apertura
de la muestra retrospectiva del artista conceptual Víctor Grippo
en el MALBA (un importante museo privado de Buenos Aires), una
serigrafía en base a una foto en la que se ve a Grippo construyendo
su célebre horno de pan en la Plaza Roberto Arlt, en 1973. La
frase que acompañaba la imagen, “construir un horno de pan en
una plaza pública”, sugiere lecturas utópico-políticas que van
mucho más allá de la cita erudita a la historia del arte y la
convierte en una metáfora poética de la socialización de los
medios de producción. Otras consignas, sin dejar de ser breves
y precisas, se corren de la retórica convencional de la izquierda
y se abren a algo que va más allá de la estricta lucha por el
poder político: “cultura obrera”, “somos nosotros”, “siglo XXI
comenzó”. A
Arde! Arte también le importa que la gente entienda la obra,
se la apropie y la tome en sus manos, pero evitan caer en resoluciones
demasiado obvias o lineales. Saben, sin embargo, que el hecho
de que la obra sea abierta y permita lecturas múltiples puede
acarrear ambigüedad, y que en la calle un segundo sentido pasa
muchas veces desapercibido. Etcétera
corre esos riesgos cuando trabaja el humor, el absurdo o el
juego surrealista para encontrar la metáfora con la que intervenir
en determinadas coyunturas políticas. No siempre esas metáforas
son bien decodificadas: su acción de repartir jabones y llamar
a la “limpieza general” el 24 de marzo de 2004, nuevo aniversario
del golpe de estado de 1976, durante el acto de entrega del
edificio de la Escuela Mecánica de Armada –donde funcionó uno
de los principales centros clandestinos de detención durante
la dictadura– a los organismos de derechos humanos a fin de
convertirlo en un espacio de la memoria,
les trajo algunos problemas. La acción quería aludir
a la “guerra sucia”, nombre con el que los militares se referían
a las acciones guerrilleras, y fue malinterpretada como una
acusación de complicidad con el régimen (una “lavada de cara”)
por Hebe de Bonafini, presidenta de uno de los dos agrupamientos
de Madres de Plaza de Mayo, que repudió al grupo ante los medios
masivos. La
provocación como recurso es también empleada por Etcétera cuando
representa en sus performances callejeras a los personajes del
poder (el político, el militar, el cura, el empresario, el juez,
etc.). No se limita a denunciarlos, sino que los encarna para
parodiarlos y los hace arremeter contra los manifestantes, desnudando
brutalmente los tópicos del discurso dominante (el “empresario”
grita “vayan a trabajar” a los huelguistas, o el “militar” informa
“por algo será que se los llevaron” a las Madres de los desaparecidos). Distinto
es el recurso de sobreidentificación que caracteriza los trabajos
del GAC, cuando mimetiza sus dispositivos con los códigos institucionales
vigentes (carteles viales, publicidad, televisión, encuestas
de opinión pública, etc.) para exacerbarlos, sin aclarar nunca
la “broma”. “Nuestra producción busca infiltrarse en el lenguaje
del sistema y provocar desde allí pequeños quiebres, fallas,
alteraciones, para desenmascarar o hacer vigentes los juegos
de relación del poder”, declaran. Ante el acuciante problema
de la seguridad en la Argentina (existe una tendencia en la
población a armarse para autoprotegerse frente a los continuos
robos, asaltos a mano armada, secuestros), intervinieron con
una lámina publicitaria ofreciendo armas a buen precio –e información
sobre sus usos en la represión pasada y presente. No llevaba
la firma del GAC sino los teléfonos del Ministerio del Interior,
a cargo de la represión de conflictos internos. En los trabajos
del TPS, en cambio, rara vez hay parodia ni denuncia, sino evocación
de una historia de luchas. Podría
continuar señalando diferencias o coincidencias formales, retóricas
o discursivas entre las modalidades de acción y producción de
los colectivos de arte actuales, y sus antecedentes históricos.
Lo que no puede perderse de vista al emparentarlos es su manifiesto
esfuerzo por poner en cuestión los límites legitimados del arte,
su pretensión de expandir sus fronteras o directamente de abandonar
sus territorios, al redefinir su actuación desde parámetros
liberados de la carencia de función social a la que está condenado
el arte en la modernidad. Más allá de las evidentes diferencias
de contexto entre los ’60, los ‘80 y la actualidad, los hermana
también esa voluntad manifiesta de que el arte incida sobre
su entorno. Los riesgos
de pensar un arte activo en los procesos de movilización, un
arte que se reclama útil, no sólo chocan con la consolidada
ideología del arte autónomo, sino también con el lugar decorativo
o meramente ilustrativo habitualmente asignado al arte por la
convención política. Desde este conjunto de prácticas, repensar
el arte implica a su vez repensar la política. Ese riesgo es,
pienso, el legado más sobresaliente de Tucumán Arde, su chisporroteo
actual.
[1]
Texto
escrito originalmente para la exhibición "Collective Creativity",
Kunsthalle Fridericianum, Kassel, Alemania, a inaugurarse
el 1ro. de Mayo al 17 de julio de 2005, curada por "What,
How & for Whom / WHW" de Zagreb, Croacia.
[2]
Profesora e investigadora de la Universidad de Buenos
Aires, coautora de los libros Del Di Tella a Tucumán Arde (Buenos
Aires, El cielo por asalto, 2000), De los poetas malditos al videoclip
(Buenos Aires, Cántaro, 1998) y del estudio preliminar del
libro de Oscar Masotta, Revolución en el arte (Buenos Aires, Edhasa, 2004), entre otras
publicaciones.
[3]
En
distintos textos escritos entre 1969 y 1973, Roberto Jacoby,
Juan Pablo Renzi y León Ferrari se pronunciaron enfáticamente
contra la pretensión de reducir Tucumán Arde a ser una obra
de arte conceptual.
[4]
Integrado
por Fernando Coco Bedoya, Emei, Daniel Sanjurjo, Fernando Amengual, José Luis Meirás
y varios más, muchos de sus integrantes estaban vinculados
orgánicamente con el MAS (Movimiento al Socialismo), partido
de orientación trotskista.
[5]
Agrupados en una cooperativa de carácter gremial (Artistas
Plásticos Asociados), entre los que estaban Graciela Sacco,
Daniel García y Gabriel González Pérez, con la colaboración
del investigador Guillermo Fantoni.
[6]
En
los grupos actuales las herencias o filiaciones no acaban
allí. Las referencias van desde el surrealismo (el mito fundacional
de Etcétera) o las vanguardias rusas (los afiches de Malevich
y Maiakovsky, citados por el TPS), hasta influencias menos
explícitas como la gráfica del mayo francés, Fluxus y el situacionismo,
el CADA chileno y sobre todo el legado del conceptualismo,
iniciado en el arte argentino de los 60 por artistas como
Alberto Greco, Oscar Bony, León Ferrari, Víctor Grippo, Edgardo
Vigo, entre muchos otros.
[7]
El
piquete alude a una frecuente modalidad de protesta popular,
en general de trabajadores desocupados, que se basa en interrumpir
la circulación de rutas o avenidas, bloqueándolas con un grupo
humano y la característica quema de llantas.
[8]
En
ambos casos se trata de iniciativas ideadas por artistas:
el Proyecto Venus por Roberto Jacoby, uno de los promotores
de Tucumán Arde, que ahora también coordina las Zonas Temporalmente
Autónomas, como parte de la invención de sociedades experimentales.
En el caso del PTV, su “artista fundador” es Lucas Di Pascuale.
[9]
Me
lo sugirió Javier del Olmo.
[10]
José
Fernández Vega, “Variedades de lo mismo y de lo otro”en Multiplicidad,
Malba-Proyecto Venus, mayo de 2003.
[11]
Testimonio
recogido en Vanguardias argentinas,
Buenos Aires, Libros del Rojas, 2003, pp. 107-108.
[12]
Carolina Golder en Multiplicidad, op. cit. (en n.10)
[13]
Una
temprana pero aislada excepción fue la de Edward Shaw, cronista
de arte del diario The Buenos Aires Herald, que en enero de
1984 publica una extensa nota considerando a las siluetas
la “manifestación artística más importante del año”.
[14]
Muy
diferente es esta situación a la de CAPataco en los ‘80, que
no era visibilizado por el mundo artístico ni siquiera para
confrontar con ellos, y que hasta ahora ha sido escasamente
estudiado. |
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